Penetrabilidad de los cuerpos

Gustavo Castellano

 

 

Yayoi Kusama.- Yayoi Kusama creció aterrorizada, obligada por su madre a observar al padre manteniendo sexo con prostitutas, escenas que luego debía relatarle detalladamente. Kusama ha afirmado que a partir de esas experiencias comenzó a padecer alucinaciones visuales y auditivas y estados depresivos.

Yayoi Kusama pinta obsesiva, repetida, incansablemente el mismo motivo que se extiende por todos los rincones de la tela, por cada espacio que delimitan los pequeños arcos rítmicos que caracterizan su obra. Los pequeños lunares, polka-dot, rojos y verdes se le anunciaban y aparecían por todos lados: en el cielo raso, en las escaleras, en las ventanas, junto con las voces: verdadero y amenazador desorden de los pequeños a, que saltaban de los bolsillos para encaramarse en y adueñarse del universo que la contiene. Los quiere tocar y se le suben por los brazos, como rápidos animalitos. Le caminan por el cuerpo y se quedan pegados a sus zapatos, sus medias, su pañuelo, su delantal de pintora, la ropa que le envuelve el cuerpo; se mimetizan con el rojo intenso de su pelo y de sus labios, como Kusama misma se mimetiza con algunas de sus telas. El universo acaba por penetrar en ella, modificando su obra.

Yayoi Kusama vive desde 1977 en el mejor lugar que ha encontrado para lo que llama su “enfermedad mental”, el hospital Seiwa, una clínica psiquiátrica de Tokio. Todos los días concurre al atelier donde pinta, porque –como ha dicho- es un asunto de vida o muerte: “Si dejo de pintar empiezo a sentir tendencias suicidas”.

Extraviada.- Extraviada de Raquel Capurro y Diego Nin está asentado sobre tres pilares:

1. Todo aquello que se interpreta, todo lo que se comenta, tiene una base textual, una base literal, ya sea en los documentos con los que fue fabricado el caso, ya sea en los testimonios rescatados por los autores, ya en las opiniones de los expertos, en los escritos de Iris, o en la voz inolvidable de Elida Tuana.

2. Hay una máxima de Lacan que recorre el libro y que viene de los tiempos de su tesis de psiquiatría: “la psicosis paranoica es un delirio de la vivienda, el foro, la plaza”. Lo que reafirmará en su seminario sobre las psicosis: “con el delirio se entra a velas desplegadas en el dominio de la intersubjetividad”.[1] En la paranoia para nada se trata de una ruptura con la realidad, más bien se está en demasía en la realidad. Y hay un estar en los lugares públicos, en los debates de la época, en la querella, en la defensa, en el reclamo.[2]

3. Como telón de fondo, hay una afirmación del ternario real – simbólico – imaginario y la premisa de que la paranoia se trata de una puesta en continuidad de esos tres registros en donde ninguno de ellos puede oficiar de tope respecto del otro.

“Mão na luva”.- En el primer acto de la Movida X con Estrategias, estragos, extravíos rescaté la definición que Virginia Patrone dio de Iris: “un guerrero”. Subrayé también la presencia e importancia de la terminología bélica en todo lo que se dice. Y que esa casa de la avenida Larrañaga 2867, se transformó, o quizá siempre fue, un campo de batalla. Resulta paradigmático el relato de Raimunda Spósito –la madre de Iris-, en su “libro”, sobre el día que conoció a Lumen:

(…) se inició una discusión en la que tomé parte activa. En cuanto sonó mi voz, vi salir de una habitación próxima un joven que me pareció raro, que a primera vista me produjo una impresión desagradable y que, sin más trámite, terció en la discusión, poniéndose en contra mío. Pero yo dominaba el tema y lo dejé al poco rato completamente derrotado. Algo divertida por el incidente, pregunté quién era mi contrincante. “Es un muchacho muy inteligente, me dijeron, es un muchacho que está separado de su familia en la que no lo comprenden…”[3]

“Mão na luva” dicen los brasileños. La voz de Raimunda suena como una clarinada que convoca al contendor, un joven “raro”, a primera vista desagradable. Raimunda desplegará sus mejores alas, sus mejores armas: ella domina y con un par de estocadas lo deja completamente fuera de combate, lo que le produce un goce que minimizará: está solamente “algo divertida”. Se ha producido un flechazo: un joven por fuera de la norma, apartado de la familia, a quien podrá reformar, educar, a quien podrá derrotar repetidamente. Esta escena es casi una promesa de amor eterno, casi la madre de todas las guerras. “Mão na luva”, la mano en el guante. El hombre ideal: un contrincante a quien reformar: “su felicidad era el fin de mi vida”, dice Raimunda en su “libro” y los significantes se ponen a tropezar.

Se desarrollará -en distintos momentos, en distintos actos, con distintas intensidades- una lucha territorial, una guerra en la que se disputaron espacios, posiciones, lugares estratégicos desde donde vigilar los movimientos del enemigo. Territorios que también implican una dimensión disciplinar, dominio y disciplinamiento de los cuerpos: no estés en tal lugar, no te vistas así, no digas tal cosa, no salgas a la calle.

La lucha por la casa, la lucha por la familia, la lucha por el territorio –y esta es la nueva dimensión que quiero introducir con esta presentación- es también una lucha de los cuerpos. La familia como cuerpo, el espacio como cuerpo, el propio cuerpo que se pone en juego en cada una de estas acciones.

Fuera de sí, el trabajo de Marcelo Real[4], insiste una y otra vez en los gritos desaforados de Lumen. El loco celoso que se fija en cada detalle, cada gesto, mueca o sonrisa. Marcelo Real destaca “toda una acústica en Extraviada” y se pregunta ¿de qué grieta incognoscible y abierta provienen esos gritos? Y responde con Deleuze que las fuerzas que hacen al grito no se confunden con el espectáculo visible ante el cual se grita. Recortará palabras de Iris: frente a los gritos ella “ya no oye más, o al menos no entiende”. Y ese es el otro punto que quiero interrogar, ese “no oye más”, casi superpuesto a un “no entiende”.

¿Qué permeabilidad han de tener los cuerpos para no oír más que gritos? ¿Qué penetrabilidad ha de tener un cuerpo para que la voz no se entienda o lo único que pueda entreverse en el grito sea el peligro de ser absorbida en lo más preciado que tiene? Ser absorbido para toda la eternidad, perder, perderse, perder el camino, la vía: extraviarse.

Tener un cuerpo.-  “¿Qué es tener un cuerpo?” fue la pregunta con la que hace unos cuantos años nos inquietó José Assandri. ¿Qué es para cada quien tener un cuerpo, hacerse de ese cuerpo?, ¿cuál cuerpo en todo caso?, ¿el de la imagen?, ¿el de la carne que goza y que sufre?, ¿el que duele con las enfermedades?, ¿el que se experimenta como una zona misteriosa e impredecible?, ¿el que se pretende leer al modo de un manuscrito?, ¿el que se deja de lado?

Lumen Cabezudo y Raimunda Spósito, integrantes y animadores del Centro Natura, participaron de un debate acaecido en el país a principios del siglo XX, cuando los saberes dispersos sobre la salud, los saberes dispersos acerca de cómo tratar al cuerpo doliente y enfermo, sufrieron el embate unificador del naciente poder médico, que enarbolando un saber descalificador de los otros saberes en danza, se convirtió en el único “capaz de leer el cuerpo y el alma y también en el único capaz de legislar sobre la salud física y mental de los hombres, la más alta preocupación de cualquier política en la sociedad del novecientos”.[5] El debate tomó la forma de una guerra: basta citar algunos artículos de la época para ver hasta qué extremos de apasionamiento llegaba la contienda: a propósito de la medicina, Lumen titulará, La brujería en auge, o Curanderismo, charlatanerismo y medicina, y Fernando Carbonell –director del Centro Natura- habla de la “Facultad de Homicidina y Destripamiento”. Los médicos tampoco fueron recatados en el uso de los adjetivos[6].

Sabemos claramente quién triunfó en esta guerra, quién se adueñó de los cuerpos en el Uruguay del Novecientos.

Pero lo que importa destacar es que a punto de partida de sus creencias naturistas y sus concepciones teosóficas, en la familia Cabezudo-Spósito, circulaba cierta concepción del cuerpo, que Iris no abandonará nunca. Prueba de ello será el escándalo que arma cuando se entera de que a su hermano Lumen lo habían operado de apendicitis. Iris increpará duramente al cirujano –vecino del barrio además- por haberlo intervenido, gritándole que “si el cuerpo tiene algo es porque lo necesita”.

Como señalan Capurro y Nin, en la Introducción a los Escritos de Lumen Cabezudo, en esas concepciones, el cuerpo queda marcado como un obstáculo, y toda la apuesta se ubica del lado de la mente, de la transmisión del pensamiento, que puede alcanzar el insondable espacio y la historia lejana, poniéndose en contacto con la vibración que está en el estamento más alto de todas las cosas. El cuerpo será pensado como un tercer elemento, un instrumento material de todas esas energías y queda asimilado a la fatalidad.[7] Sostenida por estas convicciones aparece la afirmación de Lumen de que estaba cansado del cuerpo que habitaba y que en breve pensaba cambiarlo para ir a habitar otro más acorde a su espíritu.[8]

En sus escritos del hospital, Iris retomará este punto cuando afirma no tener carácter para soportar que se la destruya en lo que le es esencial, a saber su conciencia y que se la deje viva en lo transitorio, el cuerpo: ella no quiere ser solamente un cuerpo. Y su pedido de que es necesario deshacer el equívoco, de que no aceptará ser dada de alta como alguien que “tuvo un ataque o un período de locura y se curó o que tiene un pequeño delirio”, ubica en un plano jerarquizado lo que habitualmente llamamos “la mente”, algo que Iris separa del cuerpo: esa “enfermedad mental” que los psiquiatras le endilgan, y que por supuesto ella no acepta, parece estar enmarcada en un territorio que es ajeno a la cuestión de los cuerpos, que discurre en un plano que pone en cuestión lo central que es la idea, equiparable a la vibración ya que “todas las cosas son vibración sometida a cantidad y encerrada en una forma”[9]. Pensado así un cuerpo es algo que aprisiona.

Cuerpos erotizados.- Para Iris, el cuerpo erotizado es el cuerpo del otro: el cuerpo del padre, el de la madre, el de la pequeña Halima, más adelante los cuerpos de aquellos que forman una red de perseguidores: los judíos que “manejan” la prostitución, los habitantes de las pensiones donde “hay y pasa de todo”; ese “de todo” no puede leerse de otra manera que no sea en clave erótica.

El cuerpo del padre, cuerpo que se pasea desnudo por la casa, el de la amenaza de llevar la cama matrimonial al comedor y exhibir allí “algo más que beso y abrazo”, cuerpo del hombre catalogado de extremadamente sensual –de niño “un onanista empecinado”, dice Raimunda en su “libro”, que Iris dactilografía-, que con su desenfreno erótico habría matado a su primera mujer. Sensualismo que es llamado “bestial”, lo que una vez más pone en continuidad al hombre con la fiera: una fiera que mata, que puede matar con tanta (des)carga erótica. “Sensualismo absorbente”, dirá el abogado defensor, Dr. Carlos Carrara.[10] Sabemos además de las exigencias a Raimunda, a quien la habría querido sólo para servirlo sexualmente. Con lo que el aspecto de sirvienta –que tanto sorprendió a algunas vecinas cuando el parricidio tomó estado público- quizá no se debía al abandono, al descuido, a estar abocada solamente a las tareas de la casa, o a una exclusiva dedicación a los aspectos espirituales de la vida, sino a una fantasmática en donde para Lumen, las sirvientas eran un objeto de deseo, y en la que Raimunda -a su manera y mientras el duelo por Edelweiss no produjo un viraje- jugó el juego. Destacarán los peritos Zamora y Rossemblat,  que ella cumplía “escrupulosamente todas las privaciones que su esposo le imponía”.

Cuerpo del padre que persigue a Iris desde la mirada, tratando de adivinar qué formas se esconden bajo sus ropas, cuerpo del padre que han visto abrazando el cuerpo desnudo de la pequeña Halima mientras ésta estaba bañándose.

Y está la madre por la que Iris sintió durante años lo que designa como  “adoración” -pero aclaremos que se trata de algo dirigido no al cuerpo sino al ser, un ser construido con los discursos de la madre y los propios anhelos de Iris. En los años ’50 algo habrá cambiado y escribirá:

Sentía repugnancia por su cuerpo desnudo, hallaba ordinarios y sin elegancia sus movimientos (modo de caminar, de comer, de gesticular), me desagradaban el color rojo de sus cabellos y su rostro pecoso, consideraba que tenía mal gusto para vestirse.[11]

Cuerpo de la madre entonces -que cuando es “descubierto”-  pasa a producirle repugnancia, algo que se experimenta en el tracto digestivo, lo que no debe ser tomado a la ligera.[12]

Cuerpo de la madre, cuerpo según los propios relatos, deseado por el padre, cuerpo que en Iris, pasado el tiempo, produce rechazo.

Explosión de los cuerpos, en la que Iris descubrirá con la mayor sorpresa y desagrado –poco tiempo antes del parricidio, en sus cruciales veinte años- que en las relaciones sexuales hay algo más que abrazo y beso, lo que impugna su teoría de que la concepción era una suerte de “fenómeno eléctrico”. ¿Qué fue ese algo más? ¿Se trató acaso de que eventualmente en las relaciones sexuales un cuerpo se confunde con el otro? ¿Que se intercambian fluidos, que se producen absorciones? ¿Que se pierden los límites del uno y del otro? No sabemos, no lo sabremos. Pero los dichos de Iris nos permiten afirmar que para esa niña –rasgo destacado por el Dr. Carlos Carrara-, a diferencia de sus compañeras de clase, totalmente ajena a preocupaciones amorosas, aquello debió significarle una verdadera conmoción. Hay que subrayar también que luego del homicidio podrán observar los defensores que se produjeron en Iris modificaciones en lo que respecta a sus caracteres sexuales secundarios. Para Iris todo giraba alrededor de los estudios y de las cosas que pasan por la cabeza: pensar, argumentar, razonar. En tiempos del parricidio, paradójicamente, ella es una Cabezudo; todo pasa por la cabeza, lo que la pone de narices contra el nombre del padre.

Cuerpo de Iris.- El primer signo que tenemos del cuerpo de Iris -en su segunda declaración, del 17 de diciembre de 1935- es el de un cuerpo que llamó la atención de los docentes y de las compañeras del Instituto Normal por su decadencia física. Iris dirá que estaba así a causa de la muerte de una hermanita ocurrida en enero de 1933. Lo que vuelve a iluminar esa zona del duelo por la hija y hermana muerta y la inflexión que eso provocó en los (des)equilibrios familiares. Remito aquí a la fina lectura de Raquel Capurro en su trabajo Donde hubo fuego, cenizas quedan[13].

En el testimonio recogido por los autores, Élida Tuana evocará en unas breves pinceladas el aspecto de Iris:

…se destacaba entre las otras por sus trenzas (…), por sus polleras tableadas hasta los tobillos, en una época en que las chiquilinas no andaban como ahora, de minifalda, pero indudablemente la pollera se usaba a la rodilla, quizás un poco más abajo.[14]

En sus escritos del hospital nos dejará su testimonio de que su cuerpo fue construido por su madre para que no se casara, un cuerpo con zonas clausuradas, un cuerpo modelado por la madre, un cuerpo en donde quedarán las marcas, las cicatrices del deseo del Otro: “Iris nunca se va a casar”, “ella no va a tener que soportar a ningún hombre”. La madre moldeará su cuerpo, desechando “amorosamente” (con irónicas comillas) todo lo que pudiera dar oportunidad a que Iris se sintiera mujer:

Vestidos, zapatos, peinado bonito, cariño y aprecio del padre, amabilidad de los parientes hombres: todo fue diligentemente suprimido de mi vida. (…) Yo fui criada como si fuera un ser neutro; sin sexo. Un detalle que sólo advertí hace dos años: Mamá acostumbraba tejer para mí, al crochet, unas “enaguas” de lana que son vestidos completos (estoy usando la última, tejida hace varios años). Dichas enaguas siempre me oprimieron el pecho, sobre todo cuando eran nuevas. Al final lo entendí: mamá nunca les hizo forma; la delantera la hacía igual a la espalda.[15]

La acción de la madre, el Otro que toca, hasta con la ropa que fabrica para ella, también con las palabras y con los gestos, produce un cuerpo asexuado. La acción de la madre construirá un cuerpo que queda de cierta manera clausurado, que solamente tiene algunos circuitos por donde pueden salir y entrar “efectos eléctricos”. Los cuerpos de los otros, como ya dijimos, quedan erotizados en su “totalidad” –por decirlo de alguna manera-, pero del propio cuerpo, de ese cuerpo en el que no resalta ninguna forma, que termina siendo igual atrás que adelante, pareciera que solamente se erotiza el pensamiento, se erotiza la mente.

Erotizada/mente recorre Iris sus recuerdos –porque nada puede ser olvidado- y con el recorrido de su erotizada mente hay bordes y agujeros que quedan para siempre clausurados, que no soportarán ningún goce, que no serán soporte del goce. Verdadero congelamiento del deseo.[16]

Todo pasa por ese circuito en donde tiene preeminencia la cabeza. Por eso no son a desatender los síntomas que Iris presenta en el año 1956 cuando arrecie la persecución, cuando esos dos territorios que ella se empeña en mantener como líneas paralelas – sus problemas en Primaria y sus peleas con Raimunda- se terminen cruzando y haciendo explosión en su cuerpo. El síntoma central es el dolor de cabeza, tal como ya había ocurrido en 1918[17], síntoma por otra parte, que enlaza a todos los hijos y que ahora, en 1956, hace signo para Iris de la injerencia, la mala voluntad y el goce de la madre.

¿Cómo no pensar que Iris se estaba derrumbando en esos años, en los que todo permanece aunque cambie de forma? ¿Cómo no verla derrumbándose si termina por consultar a dos médicos diferentes? ¡Tan justo ella que no les daba ningún tipo de autoridad! Algo terrible había ocurrido para que Iris vaya a ver a un médico -¡por primera vez en su vida!. El médico general le diagnosticará: Dispepsia hepato-vesicular y distonía de los órganos digestivos. Esto le produce un estado crónico de caquexia de los órganos abdominales, con astenia y cansancio.[18]

Otro cantar será la respuesta recibida cuando se dirija al Dr. Más de Ayala para que estudie “la insana mente”[19] de su madre.

Cuerpo no habitado.- En un luminoso artículo de 1994[20], Albert Fontaine destaca que en Siete proposiciones sobre el séptimo ángel[21] Michel Foucault no utiliza en ningún momento el término “voz” y dirá que no se trata de un descuido, antes bien todo lo contrario: es una decisión deliberada del autor, quien hablará de “ruidos”, “gritos” y “gestos sonoros” y de la resonancia que producen en el cuerpo.

En Iris se efectiviza una clausura de algunas zonas del cuerpo[22], como si se tratara de un cuerpo plano, sin “formas”, igual adelante que atrás, sin orificios ni protuberancias, sin embargo cuerpo o superficie que absorbe gritos, ruidos y gestos sonoros, superficie permeable, penetrable, alterable y alterada por los embates del Otro.

Hay un orden pulsional que recorre un circuito que se asienta sobre el  trípode: boca – ojos – oído[23]. La zona delimitada por estos orificios es la que se verá directamente afectada por los “planes” de los otros. Será ésta una zona alta/mente privilegiada del recorrido pulsional, donde se ensañan los signos de la persecución: el veneno “vertido lentamente por la madre en los hijos”[24], desde la sangre y la “leche agitada, verdadero veneno”[25], veneno de la envidia, veneno que mata a los animales de la casa y el del delirio de envenenamiento que señala Élida Tuana; a Iris no se le puede dar una manzana pelada, ni una ensalada de frutas, ni nada que venga hecho.

Y está el olor a naftalina que envenena, que hace estallar la cabeza e imposibilita el trabajo y el rendimiento, olor en el que se adivina la mano de la madre, envenenando el aire. Y tras la mano que envenena el aire un rostro descompuesto por una feroz y canallesca alegría, signos del goce del Otro.

Y está el fantasma de la absorción. La palabra absorción una vez que es detectada, empieza a saltar y florecer por todos los rincones del texto. Lumen padre que solamente piensa en Raimunda para “absorberla pura y exclusivamente para él”[26], con su “sensualismo absorbente”[27]. Absorción que también está en las convicciones de la familia Cabezudo: el cuerpo que no debe desperdiciar sus fluidos sino reabsorberlos. Si la casa y la familia conforman un cuerpo, de allí no puede salir nada ni nadie, todo debe ser re-absorbido. Se adivinará allí un fantasma de devoración, o tal vez de vampirización.

No me detendré esta vez en la mirada, sobre la que he escrito en el otro trabajo que aparece en esta misma publicación y en la que se centró Sebastián Lema, en su presentación  De un imposible de ver[28].

Este circuito pulsional, este trípode, cuando arrecia la persecución, cuando la voz es nada más que “grito”, queda por fuera de toda posibilidad de producir una discontinuidad, por fuera de toda subjetivación, si entendemos que para que haya efecto de significación debe haber una mínima posibilidad de puntuación, si entendemos que el lenguaje es posible por la vía de las distinciones.

Iris ya no oye o por lo menos no entiende. Quizá podamos ensayar la respuesta de que, en ocasiones, en la persecución no se puede oír ninguna voz o bien no se puede entender lo que alguien dice en tanto se está tomado, el cuerpo se ha visto penetrado, horadado y sólo puede actuar reaccionando ante los gritos, los ruidos, los gestos sonoros. La continuidad de los registros real, simbólico e imaginario, impide la escansión: de la persecución en Primaria se pasa a la persecución de la madre, a la del “antecedente”, a todo aquello que navega en las embravecidas aguas del “plan”, y aunque haga desmesurados esfuerzos por “entender”, es decir por mantener los planos diferenciados, algunos significantes -soportados no por el decir, sino por la voz reducida a gestos sonoros, ruidos o gritos- actúan como agentes que ponen la rueda a girar, enloquecida/mente.

Cuerpo apresado.- Iris, plantada en su lugar de defensora, como ella misma se define, defensora primero de su madre, luego de sus hermanos, defensora de la laicidad en la enseñanza, defensora de la no intromisión en los cuerpos por parte de los médicos; plantada en sus circuitos razonantes, es un verdadero carro de combate.

En toda la sintomatología que se despliega en su cuerpo, en la imposibilidad de poner un punto, de poner un freno al despliegue de sus interpretaciones y de sus argumentaciones, apenas nos deja entrever el sufrimiento que implica todo ese trabajo de entender lo que está ocurriendo en su casa, de entender lo que ocurre con la “mente insana” de su madre, lo que ocurre con los inspectores de Primaria. Pero, finalmente, se trata de un cuerpo apresado en el dolor: la mente se ha vuelto una sala de tormentos  para el cuerpo.

No hay no persecución.-

Quiero señalar una vez más que el derrumbe de Iris no se debió solamente a algo inexorable como la evolución de una enfermedad, o que estaba escrito en el destino, que proveyó Dios o que fue fruto de la fatalidad. También incidieron las respuestas que recibió cada vez que –casi exhausta, como cualquiera ni más ni menos[29]– hizo sus planteos transferenciales. Quiero creer que otra respuesta hubiera podido producir una vía distinta para decir de su persecución.

Se me ha ocurrido una fórmula que de seguro resultará muy lacaniana: no hay no persecución, es decir que con nuestra particular manera y estilo, estamos todos y cada uno embarcados en la stultifera navis. Se trata entonces –siempre y cuando, y cada vez, que seamos convocados-, de construir –o por lo menos no cejar en el intento de  construir- un lugar posible para que alguien diga de ello a un pequeño otro supuesto saber arreglárselas con la persecución. Y quizá para estar en ese lugar no haya mejor manera que aceptar que en ocasiones habrá que dejar que los lunares rojos y verdes invadan la ciudad, repten por los brazos, se peguen en los ascensores, en las escaleras mecánicas, en los caballitos de madera, en las puertas, en las ropas, en las paredes de nuestros consultorios, en nuestras bocas y oídos, en los rincones del cuerpo y puedan tejer allí lo necesario para que los gritos, los ruidos, los gestos sonoros, viren mínimamente hacia la voz e inventen nuevas marcas. Porque aquello que podría hacer corte, no se trata solamente de una voz, de algo del registro acústico, del registro del sonido, sino de algo que opere al modo de un trazo que deje una cicatriz en el cuerpo.

Montevideo, enero-junio  2014

 

[1] Jacques Lacan, Las psicosis, Paidós, Bs. As., 1984, sesión del 11-4-56.

[2] Si nos centramos en la peripecia de la familia Cabezudo, los veremos combatiendo en la guerra desatada entre los naturistas y el incipiente poder médico. O también, en el caso de Iris, su fuerte denuncia de la intromisión de una cuña católica en el laicismo de la enseñanza vareliana.

[3] Raquel Capurro y Diego Nin, Extraviada. Del parricidio al delirio. Edelp, Bs. As., 1995,  p. 105.

[4] Cf. En este mismo cuaderno, pp. xxxxx

[5] José Pedro Barrán. Medicina y sociedad en el Uruguay del Novecientos. El poder de curar, Ediciones de la Banda Oriental, Montevideo, p. 193.

[6] A modo de ejemplo, en su guerra contra la prostitución, calificaban a las meretrices de “ametralladoras de treponemas”.

[7] Lumen Cabezudo. “¿Qué es la idea?” en Escritos de Lumen Cabezudo, Edelp, Córodba, 1996, p. 97

[8] Extraviada, op. cit., p. 74.

[9] Escritos de Lumen Cabezudo, op. cit., p. 63.

[10] Más adelante retomo este punto, a saber la importancia de esas palabras: absorbente, absorción, absorber.

[11] Extraviada, op. cit., p. 309.

[12] Repugnancia: asco, alteración del estómago causada por la repugnancia que se tiene a algo que incita a vómito (DRAE).

[13] Publicado en este mismo cuaderno.

[14] Extraviada, op. cit., p. 465.

[15] Idem, p. 321.

[16] No obstante, Iris afirmará que –de no ser por la madre- hubiera sido muy enamoradiza.

[17] “Iris tuvo un terrible ataque a la cabeza en febrero de 1918. (Iba a cumplir tres años). Ariel uno violentísimo en 1923.  Lumencito murió en un ataque después de haber estado tapado en la cama donde lo puso Lumen para que no me entretuviera de noche” (del testimonio de Raimunda Spósito en Extraviada, op. cit. p. 136).

[18] Extraviada, op. cit., p. 412

[19] Idem, p. 375

[20] Albert Fontaine, La implantanción del significante en el cuerpo en Litoral Nº 18, Edelp, Córdoba, 1995.

[21] Michel Foucault, Siete proposiciones sobre el séptimo ángel en Litoral Nº 18, Edelp, Córdoba, 1995.

[22] Virginia Patrone ha pintado junto al trío conformado por Iris, su padre y su madre, un cuerpo voluptuoso, de color plateado que levita por los aires y ante mi pregunta ha dicho que se trata de un “cuerpo no habitado”, que no deja de sobrevolar la escena. Cf. http://www.revistanacate.com/wp-content/uploads/2015/09/Los-que-abren-Patrone.jpg

[23] Incluyo en el orificio llamado boca los agujeros de la nariz y todo lo que constituye el sentido del olfato.

[24] Extraviada, op. cit. p. 92

[25] Idem., p. 132

[26] Idem, p. 49

[27] Idem, p. 201

[28] Asimismo en la intervención de Sandra Filippini en http://www.revistanacate.com/volver-visible-una-erotica-pueril/

[29] No me extenderé en este punto, pero hay sobrados testimonios que permitirían afirmar que las demandas de análisis se formulan siempre con el agua al cuello, o como dice Iris, “en el último momento”.

 

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