Sobre la caballerosidad de una joven homosexual que era un amante cortés y un Amo, un maestro y un perro que daba lecciones de amor

Diego Nin

                                                       Dentro de nosotros hay algo que no tiene nombre. Eso es lo que somos.

José Saramago

El texto que presentamos a continuación es una intervención realizada en un encuentro titulado Primer slam analítico de Zona clínica degenerada, el día 31 de julio de 2021, en pandemia y vía zoom. El punto de partida de la convocatoria fue un texto de Fernando Barrios: Androgenización de la joven homosexual de Freud o Lo que la invisibilidad lésbica le debe al psicoanálisis. Los participantes fueron Vero A. Cardozo, Jesica Ramírez Punset, Narella Catania, Lina Rovira, Sandra Filippini, Diego Nin, Fer Ramos Monza, Pablo Riera, Helena Maldonado,Mauricio González, Gonzalo Percovich, Jorge Nico Reiter y Thamy Ayouch. Tanto el texto de Fernando Barrios como las intervenciones fueron publicadas por e-dicciones Justine. Agradecemos a Helena Maldonado la autorización para publicar esta intervención en Ñácate

  Diremos algunas palabras sobre alguien que se llamó Margarethe Csonka-Trautenegg, quien vivió cien años, fue conocida durante décadas como “la joven homosexual” de Freud, y concitó el interés de varias generaciones de analistas. Alguien que ochenta años más tarde fue nombrada por sus biógrafas Sidonie Csillag.

Como sucede con todos los llamados casos, el devenir histórico y cultural nos permite leer hoy de otra manera las construcciones interpretativas que sobre ella y su familia se han hecho.

Freud, Lacan, Allouch y muchos otros y otras, la han hecho objeto de una serie de interpretaciones explicativas, causales y taxonómicas, que hoy en día resultan al menos discutibles, cuando no lisa y llanamente descartables. Y no me refiero únicamente a los enfoques psicopatológicos, ni a la pretensión de clasificarla en las llamadas estructuras histérica o perversa, tan caras para muchos.

Freud fracasó en su intento de analizarla, luego de haber aceptado el pedido del padre de que la devolviera a la normalidad heterosexual, al decoro y a las buenas costumbres. Pero a pesar del fracaso escribió el artículo a fin de intentar validar con el caso sus posiciones teóricas previamente tomadas sobre la sexualidad femenina, interpretada con su teoría del Edipo y la castración.

Freud no puede pensar el erotismo sin referencia a lo masculino, ni la homosexualidad fuera de la matriz conceptual de la heterosexualidad. De ahí que su concepción de la bisexualidad sea un intercambio de posiciones heterosexuales. Una mujer homo sería igual a un hombre hetero. De tal manera, no habría un erotismo propiamente homo. Una mujer solo podría desear a otra mujer si se identificara con un hombre.

Entonces, todo se va a explicar como el resultado del desarrollo libidinal masculino de Margarethe. La joven homosexual habría sido un caballero que tomó a la madre como objeto de amor en lugar del padre.

Freud interrumpe el tratamiento cuando la joven le hace saber con sus sueños que los está engañando, al padre y a él, porque no piensa intentar realmente renunciar a su amor por Leonie Puttkamer, ni a su compañía.

Se podría decir que Freud no tuvo en cuenta (no quiso, no pudo) la especificidad de ciertos deseos femeninos, un mundo complejo y sutil de relaciones amorosas y sexuales entre mujeres que florecía en los márgenes de la visibilidad social de aquel momento en la Europa central. Tal vez porque eran figuras que habitaban el continente negro.

Cuarenta años más tarde Lacan, con su florida elocuencia, la ubica en su Seminario como amante cortés de la dama, reafirmando la lectura masculinizante.

Cuarenta años más tarde aún, luego de la muerte de Margarethe, aparece su biografía, basada en las innumerables entrevistas que les concedió a Inés Rieder y Diana Voigt. Y en 2004 se publica el libro de Jean Allouch, La sombra de tu perro, que pretende ser una corrección de las lecturas de Freud y de Lacan, yuna interpretación de dicha biografía.

 Sostiene Allouch, refiriéndose a Sidonie, que algo no fue advertido por Freud ni por Lacan: que allí se hacía oír la voz de un Amo-maestro enseñando una figura del amor poco estudiada: el amor perro. Toda su construcción interpretativa consiste en hacer encajar a Sidonie en la figura de un Amo-maestro con absoluto dominio de sí y durante toda su vida, un Amo-maestro que enseñó una lección de amor.

Amar a una mujer es convertirse en su perro, interpreta Allouch: mira cómo se ama a una mujer, mira cómo ama una mujer, como un perro, un perro que no deja de ser perro porque se transforme a veces en caballero galante, sostiene.

Amar como ama un perro es saber amar, es comportarse como un amo. El perro se comporta como un amo del amo, sostiene Allouch sin dar demasiadas explicaciones al respecto, en una construcción retórica que no encuentra demasiado asidero.

Ahora bien…

Francamente, no comprendo cómo se puede compaginar esa supuesta posición del Amo con la del llamado amor perro. Parecen bastante contradictorias. Y, por otra parte, en ningún momento de la biografía parece que Sidonie anduviese por la vida dando lecciones de amor, ni que esa supuesta enseñanza sea equiparable a las de Buda o Lacan, tal como afirma Allouch asertivamente. Hay que decirlo: en su libro hay numerosas afirmaciones muy contundentes, pero que parecen más sostenidas en teorías y en la brillantez retórica del autor que en el texto de las biógrafas.

Afirma que Sidonie era un Amo porque no trabajaba. Pero ninguna mujer de su clase social trabajaba en esa época. Ni se les pasaba por la cabeza. Hasta el hecho de hablar de dinero era de mal gusto, un clásico valor de la nobleza europea que imitaban e imitan aún hoy los burgueses más acaudalados. La gente bien no habla de dinero.

Sostiene Allouch que Sidonie fue un Amo de su nombre, y lo relaciona con el seudónimo que las biógrafas quedaron a cargo de inventar. Esto ilustraría el conocido “qué importa quién habla” de Samuel Beckett. Pero parece más bien todo lo contrario, que en realidad importa mucho quién habla, y que por eso mismo no puede aparecer allí su nombre y hay que mantener el deseo secreto en la invisibilidad, incluso póstuma. ¿Qué hay de Amo en eso?

A no ser que el secreto haya sido un componente clave de su erotismo particular. No lo sabemos. Recordemos que la biografía original en alemán se titula Deseo Secreto.

No parece algo propio de un Amo que ochenta años después del escándalo de su relación con Leonie, y de haber tenido otros amores y relaciones con mujeres, Margarethe persista en ocultarse, en invisibilizarse, en mantener su anonimato incluso para la posteridad.

Asevera Allouch que Sidonie fue Amo de Freud porque un Amo no se analiza, ya que un Amo no admitiría que un objeto a fuese el agente de su discurso.

Podríamos preguntarnos entonces ¿por qué entender las cosas de esta manera? Podrían entenderse de manera mucho más simple, es decir: la joven Margarethe nunca quiso analizarse, fue llevada a Freud por su padre. Aceptó concurrir a las sesiones para hacer la pantomima de un tratamiento que la devolviera a la normalidad, para que su padre se calmara y la dejara en paz y así poder seguir encontrándose con Leonie, cosa que hacía luego de cada sesión con el doctor para reírse de él, a modo de ceremonia burlesca. ¡Y lo consiguió! ¿Por qué no considerar este hecho como el más importante del “caso”? Fue lo más importante para ella. Generalmente se subraya el fracaso de Freud, se pone todo a cuenta de Freud, pero no se pone el foco en la exitosa estrategia de resistencia de Margarethe contra la sumisión y domesticación de su espíritu.

Afirma Allouch que ella fue Amo de su sexualidad, y relaciona la aversión de Sidonie a las relaciones sexuales genitales con la posición del Amo que no debía ser penetrado, que no debía ser catapugón. Se trataría del rechazo del coger como dominio de sí.

Pero se puede objetar 1) que Sidonie no rechazaba únicamente la penetración, sino el contacto con los genitales masculinos o femeninos, lo que no es lo mismo. 2) Parece un poco forzado comparar a Sidonie con un Amo de la antigüedad, ya que este siempre era encarnado por un hombre con un estatus sociopolítico bien definido en un contexto histórico particular. Una nueva masculinización de Sidonie Csillag. Suma y sigue.

Quiero recordar aquí que Sidonie fue una mujer capaz de viajar a Berlín en 1940, bajo las bombas y siendo judía, para encontrarse con Leonie y por fin hacer el amor con ella. Un amor que duró más de veinte años, una pasión de juventud ¿Por qué ver allí un Amo-maestro-perro?

Por momentos no se entiende si Allouch se refiere al discurso del Amo de Lacan, al Amo de la antigüedad, que era siempre un hombre, o al amo del perro, es decir al dueño del perro.

Sidonie amaba la belleza femenina, pero su erotismo no era genital. La mano furtiva de un desconocido sobre su pierna, en un tren, fue una de sus experiencias eróticas más intensas. Allouch lo interpreta como la mano del Amo. Parece que cuesta aceptar que haya personas a quienes no les atrae, e incluso rechazan, las prácticas sexuales genitales. ¿Acaso eso las convierte en Amos? Ella se define como asexual, entendiendo sexual como genital.

Lo que vemos en su biografía es que en sus relaciones amó desde posiciones diferentes. A Leonie en posición de amante y a Wjera, su segundo gran amor, en posición de amada. Ya con setenta años, amó a Monique, su tercer gran amor, veinte años menor que ella. La amó en posición de amante no correspondida, a la distancia, escribiéndole cartas muy sentidas. Una de esas cartas expresa su deseo de ser acariciada por su amada como hacía con el perro. Es a los setentaidós años, y en el contexto singular de la relación con Monique, que ella usa la analogía de las caricias al perro. Esto es un dato, al igual que el amor que sentía por su perro. Pero de ahí a construir la figura de un Amo-maestro que enseñaba el amor perro, hay una distancia considerable.

Entonces…

¿Por qué necesitamos tantas construcciones interpretativas teóricas cuando Sidonie misma narra al detalle a sus biógrafas cómo y qué deseaba y amaba, a quiénes amaba y cómo lo hacía? ¿Por qué empeñarse en decir que ella era un hombre, un caballero, o un amante cortés, o un Amo-maestro-perro que iba por la vida dando lecciones de amor, enseñando como Buda o como Lacan?

Una respuesta podría ser que Allouch utiliza la técnica de hacerle decir a Sidonie lo que él mismo quiere postular: no soy yo el que enseña la figura del amor perro, es ella la Amo-maestro-perro quien con su vida enseñó una lección de amor, yo me limito a escuchar y a tomar nota de lo que ella enseñó. De esta manera busca alcanzar una mayor eficacia retórica.

En mi opinión, la posición de Margarethe, más que la de un Amo, fue la de alguien que necesitó transar con el poder social que representaba la alianza de su padre con Freud.

En aquel momento y lugar, la condición de la posibilidad de existencia de los amores entre mujeres era transar con el poder de la familia, casarse con hombres que les dieran una posición social y económica, y vivir más o menos en secreto sus pasiones.

Tal como lo hicieron Margarethe y sus amigas, era conveniente casarse, pagar un tributo a la “normalidad” para proteger su reputación y no ser marginadas de su círculo social. La invisibilidad, aunque relativa, era el precio que se pagaba por su posibilidad de existir.

Para finalizar, una breve reflexión sobre la escritura e interpretación de casos en psicoanálisis. La experiencia nos muestra que cualquier interpretación explicativa de un caso, por mejor que la consideremos, y por más consensos que logre en una comunidad de lectores, está indefectiblemente condenada a envejecer y a perder su vigencia y su valor. Al no ser soluble en ninguna interpretación, es solo cuestión de tiempo que el caso termine por devorarse todas las interpretaciones. Así, la pretensión de al fin atrapar la verdad del otro en la buena, correcta y definitiva interpretación, se revela siempre fallida.

La historia del caso de “la joven homosexual” de Freud es una muestra elocuente de ello. Una más.

Por tales razones, quizás sería más adecuado abandonar dicha pretensión y plantearnos que el valor de un caso está más del lado de las preguntas y reflexiones que nos permite abrir, que de las afirmaciones interpretativas que pretenden develar su verdad.

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