ANTROPOTROPISMO

Jean Allouch

Traducción de Paola Behetti y Marie-Laurence Gleville

Edición al cuidado de Paola Behetti y Marie-Laurence Gleville

Kishio Suga, 19781

PRESENTACIÓN

Descubrir que un texto se enlaza a otro es siempre una sorpresa. Llegamos a Anthropotropisme siguiendo una pista desde Fragilidades del análisis, donde Allouch alude a la “antropología psicoanalítica” como una de las tres sobrecargas que soporta el análisis. El lazo se volvió más evidente con este texto anterior, pues ya no se trata de las críticas al interior del campo freudiano, sino de las fronteras en tensión con las críticas que vienen desde el exterior, de una pretendida asimilación del análisis a una antropología, augurándole un futuro fatalista.

Importa señalar que este artículo se ubica en una serie que constituye un debate, que fue producido como respuesta al trabajo de Marcel Gauchet en la apertura del Coloquio Psychanalyse et transmission. Hommage à Conrad Stein2, en el cual Allouch intervino con su artículo “Stein en lo de Lacan, Lacan en lo de Stein: momentos”3. Como efecto, escribe una nueva versión que da lugar a Anthrotropisme. Nombrar con un neologismo su réplica tiene el alcance del objeto que trata, los límites del campo freudiano4. ¿Acaso en la actualidad es tan clara la distinción entre sujeto y subjetividad? ¿No será que seguimos suponiendo que el sujeto del inconsciente es un sujeto en el inconsciente? ¿Que “eso” habla por la senda del equívoco y difiere del yo (je) gramatical, no sería justamente considerar que la alteridad pasa por el lenguaje? ¿Es tan evidente que el análisis no es una “psicología contemporánea»?

Montevideo, 21 de febrero de 2026.

ANTROPOTROPISMO

«Antropotropismo» [Anthropotropisme]5 : este neologismo (bien hecho) tartamudea. Demasiado… demasiado [Trop… trop]. Es demasiado, efectivamente. Si tomamos hoy la dirección que él designa, una cierta corriente del análisis – por otra parte, modulada de diversas formas – balbucea y se pierde, mientras que aquellos que actualmente intentan realizar este giro y sobre todo cuando son no psicoanalistas, que no se consideran para nada adversarios del análisis, pretenden nada menos que renovarlo. Tropismo: del griego tropos, “giro, dirección», trepein, «girar». No busquemos un tropo inédito, más bien encontramos una tendencia actual más peligrosa, por estar viciada, que los recientes ataques al análisis que hicieron emocionarse a algunos de sus partidarios y movilizaron a los medios de comunicación. Especialmente la enseñanza de Jacques Lacan es simplemente y silenciosamente ahogada. Ni siquiera ahogada, por otra parte, porque no tenemos ni idea, en esta vía que combina antropología y psicoanálisis, que, durante varias décadas a partir de 1953, el análisis ha sido revisitado por Lacan sobre una base imprevista y nueva, la que llamaba su triaca, el ternario simbólico imaginario real, que lo condujo a considerar nuevamente el conjunto de problemas descubiertos por Freud y los que le siguieron al campo freudiano.

Por otra parte, ¿la idea tan seductora de renovar el análisis no es una falacia? ¿Acaso gastamos nuestro tiempo, en otras disciplinas, operando cambios radicales (como fue el caso, para el análisis, con Lacan)? 

El antropotropismo aplicado al análisis, esto se remonta lejos, a Freud, el pícaro, quien de este extravío6, abrió la posibilidad. Lamentablemente, no encuentro la cita7, quizá provenga de una correspondencia y haya sido leída en un artículo reciente, donde Freud, él mismo llamaba abusivo, infundado, al paso que dio, cuando dejó de pensar solo a partir de sus pacientes, decidiendo consagrarse a un nuevo objeto – y es Tótem y Tabú, y, más aún, El malestar en la cultura (y otros textos). ¡Ah, qué éxito tuvo el “malestar”! Me pregunto: ¿en qué civilización no hay malestar? Visto desde la tendencia actual a hacer del sujeto un ser antropológico, pareciera que esta tentativa de conquista corre el riesgo de volverse contra aquello buscado por el conquistador.8 Es cosa hecha, o por lo menos intentada en el presente. No sin vigor ni saber, y a partir de posiciones institucionales aseguradas.

Se aislarán las líneas de fuerza de esta empresa falsamente amistosa en uno de sus partidarios más afilados, a saber, Marcel Gauchet9. Su «psicología contemporánea» (cuyo título señala hasta qué punto se desmarca de la crítica foucaultiana de la “función psi” y, por ende, igualmente, de las observaciones convergentes de Canguilhem, Heidegger y Lacan sobre este mismo punto), al interesarse por el individuo y no por el sujeto –dividido–, hace estallar la noción lacaniana de “campo freudiano”. La antropología es voraz, hace fuego de cualquier leña: filosofía, literatura, psicología, sociología, etnología, historia y, por ende, también psicoanálisis, pueden ser convocadas desde el momento en que el individuo es tomado como referencia común al conjunto de estas disciplinas, por el discurso antropológico.

Un campo, ¿qué quiere decir? Así como la historia de la lingüística contemporánea lo ejemplifica notablemente habiéndose constituido como disciplina, solamente apartando ciertas cuestiones -por otra parte, apasionantes- como la que versa sobre el origen del lenguaje. Un campo se define por la elección de algunos objetos de estudio y la exclusión de otros, por una metodología que se les supone apropiada, por un conjunto de dispositivos que validan o invalidan los enunciados producidos, por procedimientos de habilitación de quienes producen esos enunciados, por el seguimiento de ciertos problemas y, algunas veces, por la invención de nuevos paradigmas que, ni bien son recibidos, conducen a considerar de otro modo el conjunto de problemas en marcha hasta entonces, y quizás admitir otros nuevos.

Se habrán reconocido limitaciones que conciernen, especialmente, a la disciplina psicoanalítica. Sin su reconocimiento, ningún enunciado “psicoanalítico” es admisible, lo cual en absoluto implica que el análisis no pueda ser tomado como objeto de estudio por otro discurso. De un saque, la antropología barre estas limitaciones cuando se apodera del psicoanálisis, lo que es de su derecho, el más estricto, excepto cuando en ese mismo movimiento pretende modificarlo de algún modo desde el interior. Es verdad que todavía hoy ciertos escritos parecen acreditar su gesto. Así es como un psicoanalista explica, en Le Monde, que conviene no votar a Ségolène Royal porque es una mamá y se necesita un papá. Zinedine Zidane se comportaba mejor cuando, interrogado sobre un tema que no era futbolístico, se negaba a responder. Se admitirá que el asunto tratado en ese artículo de Le Monde no atañe al campo freudiano.

Ahora bien, la “psicología contemporánea” de Gauchet ofrece generosamente al análisis tratar objetos que, como el que acaba de evocarse, no son precisamente de su incumbencia.

¿Existe mejor modo de descuidar, sino destruir, el campo freudiano, haciendo estallar sus límites, que ofrecer al análisis semejantes regalos, que son como granadas sin seguro? Así es como al diagnosticar, junto con su alumno Sébastien Dupont, una supuesta “autodestrucción del movimiento psicoanalítico”, es más bien el propio Gauchet quien se empeña en poner fin a este movimiento bajo la apariencia de renovarlo.

Individuo, individualismo, individuación, principio de individualidad, figuran entre las palabras clave del antropotropismo. Se deja de lado el hecho de que Lacan haya apartado la noción de individuo, no menos claramente que la de anthropos, de hombre. Este rasgo, que comparte con Foucault y algunos otros, ¿ha de atribuirse a un “espíritu de época” ya pasado? Este espíritu hoy ya no es el mismo, se asegura, y hay nuevo imperativo categórico: se trata de ser actual. Además, se dice “estar in”. Para el analista, se trata más bien de estar presente, lo cual puede implicar ser inactual, en el sentido en que Nietzsche lo decía. ¿Presente a qué? No al hombre, sino –si es necesario conservar este término forzosamente– a lo inhumano. Se trata de la locura, que Erasmo debió dividir en dos para humanizar una parte y rechazar la otra. No se acaba tan fácilmente con la segregación del loco.

Gauchet toma el análisis con pinzas. Por un lado, se dedica a hacer valer que muchas tesis que considera admitidas, están superadas, ya no tienen más nada que ver con el espíritu de la época; por otro lado, se dirige al análisis proponiéndole tratar ciertos problemas contemporáneos que adelanta generosamente como siendo de su incumbencia (la del análisis). Críticas y proposiciones, las tomaremos una a una, al menos algunas de ellas, con esto será suficiente.

¿VEJESTORIOS ANALÍTICOS?

  1. Unida a una “reducción del ambiente conflictivo” y a una “desdramatización de la vida social” (no siendo antropólogo, no comentaré en detalle estas proposiciones que pretenden ser descriptivas), la sexualidad habría conocido un “fin de la época represiva”; habría advenido el tiempo de una “realización sexual” (I, p. 166). Es verdad que Gauchet presenta esta realización como una “promoción cultural”, lo cual quizá le permite descuidar que cada vez más “delincuentes sexuales” son encarcelados en Francia anualmente y, luego se dice, son maltratados por los presos. Pero, ¿qué aporta este fin de la represión [répression] respecto de la represión [refoulement] y los síntomas que ésta produce? Nada. Excepto cuando se confunden ambos términos, represión [répression] y represión [refoulement]10, como lo hacía Herbert Marcuse. Y hablar de realización sexual, ¿implica que lo erótico ya no tendría ningún anclaje en la pulsión de muerte? Gauchet no lo afirma, a pesar de que su proposición sobre la realización parece sugerirlo. Además, al hacer suceder a una época de la evitación la del enfrentamiento, da cuenta, de todas maneras, de la persistencia de un problema. Por ende, ¿por qué hablar de realización? ¿No daría la cultura también testimonio de conflictos, de impasses, de lo erótico? Se “negocia –escribe– con los síntomas en lugar de resolverlos” (I, p. 167). Por un instante, admitamos esta bella generalidad, esto permitirá objetarle que la entrada en análisis tiene lugar en el instante en el que se advierte que no se llega precisamente, o ya no, a negociar con el síntoma. El punto de vista antropológico considera los problemas tan de arriba y tan de lejos que llega a descuidar tales hechos.
  1. Otra constatación de un pretendido vejestorio del análisis: como el revolucionario, el “neurótico clásico” habría desaparecido (I, p. 166). Un psicoanalista, aunque sea uno solo, ¿habrá recibido alguna vez, aunque sea una sola, a un “neurótico clásico”? Imaginamos la sorpresa de Conrad Stein, por sólo mencionarlo a él, si alguna vez se le hubiese presentado semejante figura. En el análisis, se trata de los casos de Freud reunidos en los Cinq psychanalyses11 como tantos “clásicos”. Pero, justamente, basta con estar informado de la variedad de interpretaciones a que han dado lugar, y de los desacuerdos persistentes sobre los diagnósticos dados (cuando se los considera), para estar seguro de que ninguno de ellos ofrece la menor posibilidad de ser elevado al rango de un neurótico, de un psicótico, de un perverso … “clásico”. En el análisis, esta calificación simplemente no tiene ningún sentido.
  1. Gauchet constata un “cambio en la socialización”: al poner como punto de partida lo singular, dicho de otro modo “una dinámica individualista” (I, p. 168), o incluso una “adherencia a sí mismo” (I, p. 172), habríamos largado las amarras de la tradición (y llegamos, a propósito de este punto, al cliché –ya presente en Lacan en 1938– de un padre que ya no sería para nada el representante de la ley) y así puesto en jaque “la inscripción psíquica de la precedencia de lo social” (I, p. 174). El registro antropológico donde se sitúa semejante constatación – que parece no hacerle ningún lugar – no concierne al análisis, al menos el que toma nota de que el niño nace en un baño de lenguaje que lo precede y lo determina. El lenguaje es el gran ausente en las proposiciones de Gauchet, lo evacúan en cuanto se plantea la cuestión de la precedencia según la alternativa social/psíquica. Por lo menos en el análisis, el sujeto no es el individuo, en el sentido de que, sujetado al lenguaje “no está organizado en lo más profundo de su ser por la precedencia de lo social” (I, p. 177). La alteridad, según Gauchet, no es lenguajera, lo cual le permite no ver en la “relación con el otro” más que una relación “con otros” (se permanece así en la precedencia de lo social – I, p. 180) o más aún, notar que la identificación no poseería más “validez antropológica”. Pero, ¿qué identificación? Una identificación con “situaciones”, con “modelos culturales” (I, p. 179). Esto nunca se dice, pero se trata de una psicología social, no del análisis, Gauchet se cuida de no entrar en los misterios de la identificación, o más bien de las identificaciones tal como fueron problematizadas y siguen siendo problemáticas en el campo freudiano. Así es que no advierte que su identificación con situaciones, lejos de ser simplemente lo que él dice no ser más de actualidad, es precisamente lo que se encuentra en algunos, a quienes se etiqueta de paranoicos, por defecto y como sustituto precario de la identificación imaginaria del estadio del espejo.

¿NUEVOS OBJETOS PARA EL ANÁLISIS?

Son, presentados por Gauchet, por lo menos tres: “el loco, el ser de afecto, el ser de infancia”.

  1. No llegaremos a decir, con Gauchet, que la solución del problema de las psicosis por la forclusión del Nombre del Padre “ha perdurado” (II, p. 191), de todos modos convendremos en admitir su insuficiencia. Sin embargo, ¿cómo sabremos que no tiene ni tendrá más, ningún alcance para nadie? Pero no es menos cierto que, puesto que aquí él remite a Lacan, era exigible a Gauchet que tomara nota y estudiase el hecho de que el propio Lacan, en sus últimos seminarios, había “retomado el problema con nuevos bríos”, así como lo propone Gauchet. De esto ni una palabra. Semejante impasse, ¿sería una mera circunstancia? Puede dudarse de ello cuando se lee, en la misma página donde se menciona a Lacan, y presentado como una novedad, la afirmación según la cual el sujeto “no es del orden de lo adquirido o de lo dado”. No es solamente el último Lacan quien habría podido firmar tal proposición. Para Lacan, a diferencia de Freud, la alteridad es primera, tanto es así que, si se admite que la enseñanza de Lacan atañe al campo freudiano, es un error escribir –como lo hace Gauchet– que la teoría psicoanalítica “postula el pasaje de un cierre original de la mónada psíquica a su apertura a la realidad” (II, p. 194, itálicas del autor). ¿La teoría psicoanalítica? ¿Habría sólo una? ¿Jacques Derrida no subrayó perfectamente que el análisis era de ahora en más plural? La teoría psicoanalítica, por otra parte, no existe más que en las proposiciones de Gauchet y, si ella existiese, no sería otra cosa más que lo que él dice que ella es. Es precisamente la virtud del concepto de campo freudiano la de dar lugar a diversas escuelas. Entonces, no nos sorprenderemos que al descuidar el campo, Gauchet desconozca igualmente la pluralidad de las escuelas.

Más radicalmente, es la formulación del problema planteado lo que no es de recibo por y en el análisis. El pretendido “problema de las psicosis” supone identificable, sino como identificada, una entidad clínica, ella misma unida y opuesta a otras que fueron en un tiempo denominadas “neurosis” y “perversión”. ¿Necesita el análisis tal nosografía? No hay nada allí que vaya de suyo, lo que un cierto número de proposiciones de Lacan indican claramente, lo que Stein admitía, una posición sostenida hoy por muchos analistas que ven más bien en la identificación de un caso con una entidad clínica uno de los medios de impedir que tenga lugar un análisis.

  1. “Es indispensable reunir afecto y cognición”, escribe Gauchet, no sin ofrecer a la teoría psicoanalítica el reconocimiento de haber “representado un paso importante en dirección a esta unificación del pensamiento y del afecto, pero un paso insuficiente” (II, p. 192). Freud habría unido el afecto y la representación, a través de la pulsión, a pesar de que su inconsciente “en el fondo sigue siendo fundamentalmente afectivo” (II, p. 193). Quedaría ubicar el pensamiento mismo bajo el signo del inconsciente, conquistar un “inconsciente cognitivo”. Si se trata aquí de una propuesta hecha al análisis, es inconsistente, no teniendo en el campo freudiano, los conceptos de “afección” y “cognición” ni referencia ni sentido. La operación proyectada primero debe reducir el inconsciente freudiano a un inconsciente afectivo, para luego adjuntarle mejor un inconsciente cognitivo. Hay un error, ya que, en Freud, si bien hay un juego de afectos y representaciones (reconocible cuando hay represión, es decir, retorno de lo reprimido en el síntoma), lo afectivo como tal no es ni denominado ni aislado. Tampoco lo cognitivo, como observa Gauchet para deplorarlo, pero sin interrogarse sobre lo que podría ser la razón legítima de esta pretendida ausencia. Aquí, otra vez, es el lenguaje quien es descuidado, instancia fuera de la cual ninguna cognición podría considerarse ni por un instante.
  1. Tratándose del ser de infancia, que debería, él también, ver su problemática reformulada, se podría ser más breve, pues los elementos de la crítica ya fueron adelantados arriba. La “revisión profunda” (II, p. 193) que invoca Gauchet en este punto, no es otra que la de las aserciones que imputa a la teoría psicoanalítica, especialmente a ese cierre original del niño mónada que, con Lacan y en otros, ha perdurado. Y, así como con la noción de cognición, el análisis no tiene más que tomar la noción de aprendizaje que Gauchet propone como susceptible de -si fuese retomada- dar cuenta de la entrada del niño en el lenguaje. Aunque la matiza, Gauchet mantiene la idea de una mónada original, de “fronteras personales”, a través de las que el niño tendría que hacer su entrada en el lenguaje (y es el aprendizaje) siendo que se encuentra inmediatamente tomado por él. Y del mismo modo que la noción de cognición, el análisis solo tiene que retomar la de aprendizaje que Gauchet señala como susceptible de dar cuenta de la entrada del niño en el lenguaje.

La concepción según la cual “siempre tendremos que alcanzar por el interior lo que se da del exterior”, al apoyarse en el par interior/exterior, es de orden esférico; descuida que otras figuras topológicas permiten considerar de otra forma la cuestión, no del aprendizaje del lenguaje por el niño, sino de su subjetivación en el lenguaje que habita. Además, llama a una concepción de lo sexual que quedaría “esencialmente de orden fantaseado [fantasmatique]”, desde que el sujeto, irremediablemente condenado a no salir absolutamente nunca de su interior, no puede más que asistir a la escena sexual, “incluso cuando uno mismo está allí”. ¿Incluye el orgasmo ese inquebrantable punto de exterioridad? ¿No implica más bien una puntual pérdida de sí mismo?

¿UN NUEVO INCONSCIENTE?

Estos nuevos objetos que Gauchet endosa a los psicoanalistas, insistiendo (¿habría que tranquilizarlos?) sobre el hecho de que la “reformulación de gran amplitud” que propone sigue estando en la línea del análisis, “sin ruptura con su inspiración” (II, p. 195), deberían, según él, permitir redefinir el inconsciente. Si se le cree, un “nuevo modo de la experiencia de la alteridad” habría desestabilizado “la figura acreditada del inconsciente”. La observación hecha más arriba, relativa a la teoría psicoanalítica, se aplica igualmente aquí: ya no hay la figura del inconsciente, así como no hay la teoría psicoanalítica. Para Lacan, esa “figura” (si se conserva este término que no es apropiado) ha variado; el inconsciente ha sido, para terminar, renombrado “Unebévue” por transliteración –y no por traducción– del Unbewusste freudiano12. La apuesta no era menor. Aquí es descuidada, lo que podemos ciertamente admitir, ya que la publicación del seminario donde tuvo lugar esta renominación sigue siendo marginal; admitir, no excusar, dada la ambición mostrada por Gauchet ya desde su título: “El inconsciente en redefinición”. No podríamos comprometernos en semejante aventura sin mostrarnos perfectamente a la altura de la cuestión que pretendemos revisitar.

Sin embargo, no es necesario ir a buscar tan lejos en Lacan, ya que las publicaciones de sus escritos y seminarios a la fecha en que escribe Gauchet bastan para recusar las definiciones del inconsciente que propone como teniendo que ser modificadas. Cuando las leemos, se tiene la impresión de que descubre la pólvora. Tal es el caso cuando, al recordar que Lacan definió el inconsciente como “discurso del Otro” (una vez más, el lenguaje), se encuentra, en la pluma de Gauchet –que se pretende crítico–, la afirmación según la cual “el inconsciente no es una experiencia de orden puramente personal”. ¡Como si no lo supiéramos desde hace más de medio siglo!

Si hubiese estado un poco más informado sobre Lacan, Gauchet se habría ahorrado la tontería de escribir que, en esa alteridad de sí mismo que designa el término inconsciente, “sólo se trata de sí mismo” (II, p. 201). He aquí nuevamente esta pretendida infranqueable frontera de la cual ya hablamos aquí mismo. Querer que un sí mismo persista, inamovible, hasta en la experiencia de la alteridad, conduce a Gauchet –no sin lógica– a hacer del inconsciente freudiano un “otro de sí mismo” (itálicas del autor) cuyo carácter teratológico es manifestado, en cuanto ese otro es presentado igualmente como un doble de sí mismo: “Nos revelamos como dobles” (itálicas del autor). En Freud, la experiencia del doble atañe a otras coordenadas, las que indican el término Unheimlich. Gauchet no habría podido cometer este error de lectura de Freud si hubiese tomado nota del hecho de que, en Lacan, aparecen varios registros de la alteridad: la, imaginaria, del pequeño otro, la, simbólica, del gran Otro, la, real, del objeto a. Es confundirlas, dicho de otro modo, descuidar el análisis, en el sentido de que analizar es distinguir, más que hacer del inconsciente un doble de sí mismo. Es crear una confusión prefreudiana allí donde Lacan había aportado distinción.

Al comenzar estas observaciones, hice mención a una corriente que pretende renovar el psicoanálisis a partir de la antropología. Ahora bien, sólo fueron tratados dos artículos de Marcel Gauchet, quien no se presenta como psicoanalista. Del mismo modo, este antropotropismo que como decía, no le es propio, lejos de esto, algunos analistas se implican, y dejo a mi lector la tarea de identificar, aquí y allá, en tal o cual publicación reciente, su incidencia perniciosa.

Addenda

El 30 de setiembre de 2011, Marcel Gauchet inauguraba el coloquio “Psicoanálisis y transmisión”, celebrado en homenaje a Conrad Stein. No pude leer el texto de su intervención hasta después de escribir las líneas que preceden. Esta intervención no aporta nada nuevo en cuanto a las temáticas desarrolladas, si bien retoma los datos antropológicos ya presentados en forma de artículos y confirma sus posiciones respecto del lugar del psicoanálisis.

Sin embargo, hablar delante de una platea llena de personas de las que se sabe (supuestamente) que ejercen el psicoanálisis es una situación sensiblemente diferente de la que consiste en escribir y publicar un artículo para una revista. ¿Cómo se dirige Gauchet a ellas? Anuncia de entrada que va a formular constataciones que «podrán sonar desagradables a los oídos de los practicantes del psicoanálisis», precisando poco después que profundizará sus constataciones «a riesgo de la crueldad». ¡Caramba! Algunas de las palabras que va a pronunciar podrían en efecto ser recibidas por algunos como feroces13. Se declara también «amigo del psicoanálisis», siempre al principio de su exposición, un rasgo que, junto al precedente, invita a pensar que el sintagma «corrección fraterna» resulta conveniente. «Corrección fraterna» sería el nombre de la transferencia de Gauchet al análisis, si no a un analista.

Pero hay más, ya que al final de su exposición, Gauchet reitera su amistad con el análisis, pero, esta vez, bajo una forma claramente hostil por ser denegativa (encontramos los dos tiempos de la denegación en Freud). «¿El psicoanálisis habría cumplido su tiempo?» se pregunta. Luego, justo después: «Lejos está de mí semejante idea».

El psicoanálisis, prosigue, «a pesar de su sueño dogmático», es «la única puerta de entrada que disponíamos para cartografiar ese desconocido antropológico que hemos visto advenir». ¿Es ésta la función del análisis? ¿El material del análisis sería «antropológico», como él dice? Necesita afirmarlo, si no ¿cómo argumentar que el análisis esté hoy «desbordado por su objeto»? ¿Qué objeto? A su entender, este objeto sería el «gran conflicto» que opone al «empuje del proceso de individualización» a «la estructuración social y simbólica tradicional»14. ¡Esto es de lo que Freud se habría ocupado! Nos imaginamos el asombro de Gauchet si, por casualidad, alguien le señalara que el objeto del análisis fue nombrado a; se concibe también su respuesta que, si así fuera, reenviaría lo dicho al «fetichismo de la letra», o incluso a «la lengua esotérica desde el punto de vista de la comprensión pública» que denuncia. De nuevo la ausencia de referencia al campo freudiano: se le ruega al psicoanálisis que sea de principio a fin exotérico.

Sin duda, tendría más dificultades para descartar las tres observaciones siguientes que comprometen algo de su terreno, una, aislando una simple tontería, la otra, una falta de imaginación, la última, una falta de información.

1) ¿Puede un antropólogo, incluso él (no digo un psicoanalista), por ejemplo, sin pestañear admitir con Gauchet que la adquisición del control de los nacimientos por la anticoncepción ofrecida a las mujeres, ha traído al mundo niños ahora deseados? En antropología, pedir, querer, desear ¿sería pues un solo y mismo movimiento? Ninguno de los niños no deseados del tiempo anterior a esta anticoncepción ¿no fue nunca deseado? Aquellos que hoy son buscados, incluso solicitados a un especialista de la fecundación in vitro o a un organismo encargado de las adopciones ¿son todos deseados? ¿Qué hacemos con las parejas que se separan justo después de haber recibido al niño tanto esperado?

2) La falta de imaginación se refiere a un rasgo que también se ha escuchado en la boca de los lacanianos en el momento de la disolución de la Escuela Freudiana de París. ¿Quién entonces, decían, será el nuevo Lacan? ¿Cuándo vendrá? Desesperados por la desaparición próxima de Jacques Lacan, no podían concebir otro régimen de análisis que el que se encuentra en su actualidad revisitado de punta a punta por un analista eminente, elevado más alto que lo que puede ofrecer a cualquiera el estatus de primum inter pares. Gauchet también, hoy y para afligirse y hacermea culpa ante sus interlocutores, cree en las «grandes figuras del momento glorioso del psicoanálisis», «un análisis lleno de promesas», «pionero», «aliado natural de diversos movimientos de emancipación» (aquí tenemos una retoma de las críticas de Foucault, sin mención del origen) y llama a alguien que sabría escribir la nueva psicopatología cotidiana. Pero, ahí está, «no hay ningún Lacan para hacer controversia».

Así el análisis no podría existir sin la acción en su seno y más allá de un tal extraordinario personaje público. Aquí se excluye cualquier otra posibilidad, la que, por ejemplo, de una época en la que un nuevo paradigma fue inventado por un «héroe», el momento siguiente es el de su explotación, de su aplicación, de su desarrollo (régimen «normal» en el sentido de Thomas Kuhn15). En un sentido, este otro régimen, por cierto, menos notoriamente ruidoso, ¿no convendría mejor al análisis? Él ofrece esta ventaja de aminorar las promesas (¿Lacan prometió mucho? Está permitido dudar de parte de alguien que pudo decir que el deseo es el infierno), también ofrece este interés de mantener al analista a distancia, desfasado de la mirada de lo que agita la opinión – lo que lo vuelve, en cambio, cercano de los que están en análisis y que se encuentran, ellos también, en ruptura con su entorno.

3) Según Gauchet, el psicoanálisis está afectado por una «esclerosis íntima»; un «renunciamiento a comprender» caracterizaría «la producción psicoanalítica actual», una «parálisis progresiva de la imaginación teórica»; el psicoanálisis, agrega, esta hoy «en falso, desfasado en relación a la historia en la cual se inscribe»; mantendría sin más «construcciones que se han vuelto inactuales»; y si Lacan sacó un instante el análisis de esterilizaciones ya en marcha, fue «para sumergirlo mejor» (¿era esa su intención?).

Sin embargo, el inconsciente queda un poco a salvo, e incomoda a Gauchet cuya pluma duda acerca de él: “El inconsciente no se expresa o ya no se manifiesta de la misma manera. Quizás sigue siendo el mismo en su núcleo pero habla de otro modo” ¿Sí? Cuando, el 16 de noviembre de 2011, en la sala llena de la 17ava cámara del tribunal de gran instancia de París, el doctor Georges Kiejman, defensor de Élisabeth Roudinesco la llama «Élisabeth Lacan»16, yendo así, a pesar de él, en contra de todo su alegato, ¿no se trata, como suele decirse, de un «lapsus freudiano», o más precisamente aún, de uno de esos lapsus que aísla Freud bajo el título de ser inmediatamente legibles y risibles?

Este diagnóstico de esclerosis propuesto por Gauchet sobre el análisis actual ¿está fundado? Afirmar que ninguna línea se mueve, que ninguna cuestión nueva se encuentra problematizada supone el conocimiento de todo lo que se publica, y nos imaginamos que Gauchet tiene otros asuntos que atender. Pero ¿por qué, entonces, a pesar de esta falta de información, pronunciarse y hacerlo, no sin crueldad? Me abstendré, bien entendido, de mencionar aquí la lista de los trabajos que, desde mi punto de vista, aportan su desmentida a este diagnóstico de esclerosis, aunque otras publicaciones lo aprobarían.

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1 Instalación Emerging Space Amidst Branches (1978/2013).

2 Conrad Stein falleció el 16 de agosto de 2010. El coloquio que le rindió homenaje fue organizado por la Société Médecine et psychanalyse, bajo la responsabilidad de Daniéle Brun, en el Collège des Bernardins, Paris, el 30 de setiembre y el 1° de octubre de 2011.

3Stein chez Lacan, Lacan chez Stein: moments” fue publicado por Etudes freudiennes en enero de 2012, así como en la revista L’Unebévue n° 29. Se encuentra traducido al castellano por Marcos Esnal en el libro ¿Lacan? ¡qué me importa! Vol. 1, co-edición de Una piraña ediciones y Artefactos, 2020, Bs As.

4 Este debate continuó en otro artículo, Faux amis (Falsos amigos) de 2015, a propósito de la publicación del libro L’autodestruction du mouvement psychanalytique de Sébastien Dupont, en 2014.

5 La traducción que aquí proponemos ha sido realizada en base al texto Anthropotropisme, disponible en la página web de Jean Allouch. Existe una traducción previa al castellano publicada en Imago Agenda, n° 156, de diciembre 2011, realizada por A. Kripper y L. Lutereau. Sin embargo, esa versión difiere de la actual, que contiene – entre otros detalles – un apartado final llamado Addenda. Agradecemos a Diego García la revisión de la presente versión.

6 NdT: garnement (pícaro), égarement (extravío), este juego de palabras se pierde en español.

7 Felizmente Laurie Laufer inicia su reciente prefacio al Malestar en la cultura (traducido del alemán por Aline Weill, París, Payot & Rivages, 2010) con una nota que Freud le dirige a Lou Andreas Salomé, donde se puede leer: “Se trata de cultura, del sentimiento de culpa, de la felicidad y otros asuntos elevados del mismo tipo, y me parecen, con razón, totalmente superfluos a diferencia de trabajos anteriores, detrás de los cuales se encontraba siempre algún empuje interno. Pero ¿qué hacer? No se puede fumar y jugar a las cartas todo el día. […] Durante este trabajo, he descubierto las verdades más banales.”

8 NdT: la palabra “conquistador” se encuentra en español en el original.

9 Hace muy poco, Gauchet ofrecía unas páginas de la revista de la que es el jefe de redacción a uno de sus alumnos: Sébastien Dupont, “L’autodestruction du mouvement psychanalytique”, Le Débat, núm. 166, septiembre-octubre de 2011. Véase igualmente, de Marcel Gauchet : “Essai de psychologie contemporaine. I. Un nouvel âge de la personnalité”, Le Débat, núm. 99, marzo-abril de 1998 –en adelante denominado I ; “Essai de psychologie contemporaine. II. L’Inconscient en redéfinition”, Le Débat, núm. 100, mayo-agosto de 1998 –en adelante denominado II ; la intervención en la apertura del coloquio “Psychanalyse et transmission. Hommage à Conrad Stein”, el 30 de setiembre de 2011.

10 NdT: Répression en francés, es mayormente utilizado en el ámbito social, mientras que refoulement en francés concierne aquí a la noción psicoanalítica.

11 Se refiere al volumen publicado en francés por PUF que reúne los cinco casos emblemáticos de Freud, ed. PUF.

12 NdT: Unebévue (una metida de pata) surge de la transliteración que Lacan (1976-77) propone del Unbewusste (inconsciente) freudiano.

13 Precisamente, los que, con Boris Vian, cantan “haceme daño Johnny”.

14 «Es este gran conflicto tal como se encarnaba en los psiquismos y los destinos singulares de los cuales se ocupaban los psicoanalistas. Tal era el objeto que les era designado por la demanda de sus pacientes.»Un solo y mismo conflicto, pues, para todos los pacientes.

15 Para un ejemplo muy reciente de tal funcionamiento, se puede consultar la obra de François Balmès. Structure, logique, aliénation. Recherches en psychanalyse, Toulouse, Érès, 2011.

16 Le Monde del 18 de noviembre de 2011, p. 2.

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