FRAGILIZAR EL ANÁLISIS (VOLVER A TRADUCIR, VOLVER A EDITAR)

José Assandri

Edición al cuidado de Maximiliano Diel y Guillermo Giménez

Verano (Homenaje a Archhimboldo) Jan Svankmajer, 2002

“Fragilizar el análisis” es la reelaboración de una intervención realizada en Córdoba, Argentina, durante las jornadas Fragilidades del análisis realizadas los días 31 de octubre y 1 de noviembre del 2025. En tanto el eje del encuentro fue el artículo de Jean Allouch, “Fragilidades del análisis”, a punto de partida de una nueva traducción de ñácate, este texto intenta ahondar en las fragilidades generadas a partir de tomar a Lacan como un monumento, y en relación a eso, cómo se lo traduce y edita. Tanto el destino que han tenido los manuscritos de Lacan, como las traducciones a contrapelo de la lengua española, fomentan y al mismo tiempo se basan en la idea de una monumentalización. Desarticular esas sobrecargas, que obstaculizan la crítica teórica y la práctica analítica, es lo que intentan estas páginas.

Salvador, sácate tú mismo del pozo

(Cuestionamiento del psicoanalista).

Jacques Lacan

Es posible que la fragilidad de la vida, la muerte de Jean Allouch, haya provocado los movimientos que llevaron a hacer una nueva traducción de “Fragilidades del análisis” y a organizar esta jornada, proyectos que, sin un acuerdo previo, coincidieron en este año. El artículo fue publicado en la revista Critique en el 20141, bajo el título general de ¿Dónde se metió el psicoanálisis? Cabe la posibilidad de que esta pregunta le fuera soplada por Allouch a la editora, Sophie Mendelsohn, para la elaboración de ese número de Critique, dado que tuvo sus antecedentes. ¿Dónde está el psicoanálisis hoy?, fue una entrevista/debate de Allouch con Ricardo Nacht en el año 2011, en la Biblioteca Nacional en Buenos Aires. También hubo un coloquio en París unos años antes, en el 2006, con el título, Pero entonces, ¿dónde está el psicoanálisis? Allí Allouch expuso su “Spicanálisis I”. Esta pregunta, “¿Dónde está el psicoanálisis?”, tiene su pertinencia y su insistencia, como si el psicoanálisis estuviera diluyéndose y, a la pregunta de si seguirá existiendo, se le puede agregar otra interrogante: ¿qué modalidad podrá tomar su presencia en el futuro? ¿Habrá que deplorar el eclipse del análisis? No hay que desesperar, una de las posibilidades más firmes es que la desaparición del análisis sea en conjunto con toda la especie humana, entonces ocurriría una segunda muerte generalizada, donde ya no habría nada perdido porque no habrá nadie que lamente nada.

Que haya una nueva traducción del artículo de Allouch se debe a que, durante más de diez años, en la lengua en que se habla en este coloquio, fue publicado con varios errores. El más notorio significaba la inversión en su contrario de uno de los puntos centrales del texto: no es lo mismo decir que el analista es reglado por lo diverso que “una vez regulado lo diverso el analista no podría más que abstenerse…” (Allouch, 2014, p. 13). ¿Qué produjo esa inversión? ¿Un error de tipeo? ¿Una excesiva confianza en el traductor que terminó obviando las revisiones? Dejando estas especulaciones, vale preguntarse, hasta la nueva traducción de ñácate, ¿qué se leyó durante ese tiempo? ¿Se leía sin leer? ¿Se sobreentendía lo que allí no estaba escrito? Estas preguntas tienen pocas posibilidades de obtener respuestas, el asunto es si su formulación puede mostrarnos algo.

Todas las materias tienen sus puntos de fragilidad, pueden ser maleables hasta cierto grado, y, según las sobrecargas a las que se sometan, se rompen. Se rompen en función de cómo están constituidas, algunas se hacen polvo, aquellas ceden en láminas como la mica, otras se fracturan según dónde se aplique la fuerza. En su artículo, Allouch señaló la psicopatología, la ética psicoanalítica y la antropología psicoanalítica como sobrecargas que ocultan o enmascaran las fragilidades del análisis; sobre todo, que le han dado una pseudo solidez que no lo beneficia de ningún modo. A esta altura, insistir en esos tres, puede dar la impresión de que se habla de la fragilidad con un pie en tierra firme2. ¿Acaso se puede producir algo nuevo si se pretende estar siempre sobre seguro? Prosiguiendo con esta imagen de la fragilidad, si en cada materia se pueden identificar varias líneas de fragilidad, en lo que concierne al análisis, corresponde examinar otros sobrepesos que no están en la misma línea de darle una seudo solidez apoyada en la medicina, la religión o la antropología.

Al considerar las diferentes versiones en español del artículo de Allouch, ya hemos entrado en medio de una línea donde un sobrepeso produce una fisura, porque la traducción es el talón de Aquiles de muchas cosas, no sólo del análisis. Los problemas en la traducción de “Fragilidades del análisis” no son más que una de las puntas de un enorme iceberg, porque se podría hacer una larga lista. Conviene aquí recordar la teoría del relato de Ernst Hemingway: sólo una parte del iceberg se ve en la superficie del mar, para el resto, hay que zambullirse. Más allá de suponer que habría una raíz en común entre el español y el francés, ni la traducción de Allouch ni la de Lacan están exentas de dificultades. En relación a este último, no sólo porque su inspiración no siempre se expresaba en francés, sino también, porque algunos creyeron que aprendían francés traduciendo a Lacan. Esto, a pesar de las buenas intenciones de ofrecer versiones en español de lo dicho y escrito por Lacan, produjo algunas traducciones sui generis, incompatibles con el oficio de la traducción y generadoras de malentendidos. Un ejemplo mayor de la incómoda fisura de la traducción ha sido el uso de la palabra “fantasma”, problema para el que podemos postular un punto de irradiación en la primera versión en español de los Escritos de Lacan. ¿Acaso es lo mismo “fantasma” que “fantasía”? Sin duda que la polémica es larga y los efectos de este doblez en los términos muchas veces se soslaya, como si se pasara por encima de abismos sin el más mínimo vértigo. ¿No llama la atención que, en una misma escuela, la École lacanienne de psychanalyse, al sur del Ecuador se traduzca del francés fantasme como “fantasma” y al norte como “fantasía”? ¿No es raro que con los textos de Freud o Klein y tantos otros, escritos en alemán y en inglés, en su traducción se recurra al término fantasía mientras que, sobre los mismos asuntos, traducciones de textos en francés opten por “fantasma”? ¿Acaso Freud y Klein tenían la misma concepción de la fantasía? ¿Por qué considerar que las diferencias de estos con Lacan ameritaban descartar el término fantasía en lengua española?

Corresponde identificar por su nombre al centro de mayor influencia actual para el “fantasma”: Buenos Aires. La incidencia de ese término en los libros traducidos y editados en la “capital del psicoanálisis”, llegan al punto de incorporar “fantasmas” hasta en la traducción de los textos de Roland Barthes, un semiólogo y crítico, alguien que sin dudas estaba en otro campo de exploración. Leer “fantasma” en los libros de Barthes, por ejemplo, en sus cursos sobre lo neutro o de cómo vivir juntos, cuando correspondería leer fantasía, seguramente será más extraño en aquellos que no están munidos de una jerga lacaniana. ¿Qué puede decirles el término “fantasma” a los críticos literarios, los lingüistas, los semiólogos cuando leen ese Barthes?

Recientemente, en una nueva traducción de un libro de Slavoj Žižek, Órganos sin cuerpo, escrito en inglés, donde en el original aparecía fantasy, la traductora María Marcela Alonso tradujo como correspondía fantasía. Curiosamente, en cada aparición en el texto de esta palabra, luego de la misma, se puede leer un agregado: “[fantasma]”. Los paréntesis rectos indican una intervención de la editorial Ediciones Godot, algo que manifiesta una diferencia con la traductora. No habría ninguna duda que en inglés fantasy se traduce como fantasía, aunque para la editorial, en la medida que busca el interés de cierto público, cuestión con sesgos inevitablemente comerciales, operó con el supuesto implícito de que en ese lugar muchos potenciales lectores esperan al “fantasma”. De hecho, en una traducción anterior del mismo libro elaborada por Pre-textos, publicada en España en el 2006, su traductor, Antonio Gimeno Cuspinera, simplemente utilizó el término fantasía.

Esta querella de los términos no tiene posibilidades de ser saldada de manera unánime por uno u otro, forman parte del “se dice” en el campo freudiano. Importa tratar de dilucidar qué cosas pueden estar en juego. En tiempos cercanos, más o menos tímidamente, se han hecho manifiestas algunas objeciones al uso del “fantasma”, precisamente en estas latitudes donde ha sido de preferencia. El traductor (y poeta) cordobés, Silvio Mattoni, luego de traducir del francés durante años textos de psicoanálisis utilizando “fantasma” en lugar de fantasía, en el año 2020, en nota a pie de página a la traducción de La escena lacaniana y su círculo mágico de Jean Allouch, escribió: “En el original “fantasme”, término usual en francés para traducir el término alemán que en castellano sería “fantasía”, y al que las traducciones de Lacan al español vertieron un tanto equívocamente como “fantasma” (Allouch, 2020, p. 12). Que aparezca el matiz “un tanto equívocamente” podría ponerse a cuenta de todas las traducciones anteriores donde Mattoni se habrá forzado a utilizar el término “fantasma”, pero también, la nota da la medida del hartazgo de ir contra la lengua española. En tanto fue en este libro donde figura esta puntualización, donde Allouch tomó como clave la escena y el círculo mágico, es posible que esas composiciones tengan que ver con el asunto, y será valioso interrogarse sobre qué tipo de escenas y círculos dieron lugar y sostienen al susodicho “fantasma”.

Este problema particular de traducción resultó de la importación de una dificultad de la lengua francesa. Al traducir a Freud desde el alemán, a la palabra Phantasie le hubiera correspondido en francés fantasie, pero como habitualmente en esa lengua se le atribuye el carácter de falsedad o imitación, no resultó adecuada. A consecuencia de ello recurrieron a fantasme que, por cierto, no es fantôme. Mientras que fantasme no aparece incluido en un Dictionnaire ethymologique como el de Bloch & Warburg en su última versión de 1957, el Dictionnaire Petite Robert postula una pequeña genealogía a su introducción, dependiente, por cierto, de la traducción de Freud al francés, en pleno siglo XX. La traducción común del término francés fantasme al español da como resultado inmediato fantasía, del mismo modo que fantasmer se traduce como fantasear. Aquí se plantea precisamente un problema que no se resuelve con el recurso a los diccionarios o a la etimología. Utilizar el diccionario se vuelve una disquisición secundaria que se pliega a las distintas posiciones, porque las argumentaciones constatan algo que ya es una creencia sancionada previamente. En tanto “fantasma” y fantasía tienen una misma raíz griega, sin mucho esfuerzo se les puede adjudicar a cada palabra diferentes significados, con lo que la etimología se vuelve un callejón sin salida que seguirá tensionando los dos polos del asunto: por un lado, la objeción, y, por otro, su fundamentación, en todos los casos basados en la misma raíz etimológica. Sin que haya posibilidades de una solución por esas vertientes, vale la pena recordar aquí el Diccionario crítico gestado por George Bataille y Michel Leiris para la revista Documents de los años 1929-1930. Allí se podía leer:

Una monstruosa aberración induce a creer que el lenguaje nació para facilitar las relaciones mutuas. Con este fin utilitario redactan diccionarios, en los que catalogan las palabras y las dotan de un sentido claramente definido (según creen), basados en la costumbre y en la etimología. Ahora bien, la etimología es una ciencia perfectamente vana que no informa en absoluto sobre el verdadero sentido de una palabra […] En cuanto a la costumbre, superfluo es decir que resulta el criterio más bajo al que podamos referirnos. (Leiris, 1988, p. 9)}

Desde esta lógica, cualquier esfuerzo resultará vano, ni la etimología, ni los diccionarios, tampoco la costumbre, salvo que, para nuestro caso, la aparición de los “fantasmas” en los Escritos de Lacan tiene variaciones sorprendentes. Si alguien hoy compra los Escritos en su última versión, y se zambulle en “De nuestros antecedentes” leerá un párrafo que es totalmente elocuente:

Pues no omitamos lo que nuestro concepto envuelve de la experiencia analítica del fantasma [fantasme], esas imágenes llamadas parciales, únicas que merecen la referencia de un arcaísmo, que nosotros reunimos bajo el título de imágenes del cuerpo fragmentado y que se confirman por el aserto, en la fenomenología de la experiencia kleiniana [Kleinienne], de las fantasías [fantasmes] de la fase llamada paranoide. (Lacan, 2009, p. 77, en francés, Écrits, Lacan, 1966, p. 70)

Al contrario de lo que aparece en Écrits en su lengua original, el término que utilizó su autor es el mismo, fantasme. Pero, aquí se presentan en un mismo párrafo, en español, dos modos de traducir claramente orientados, como si para el kleinismo se tratara de la fantasía y para los lacanianos en lengua española, del “fantasma”. Sin embargo, si se lee en detalle este pequeño fragmento, es evidente lo innecesario de esa doble versión de traducción. En primer término, para Lacan, las fantasías del cuerpo trozado que él distinguió no se oponen a lo que llamó fenomenología kleiniana de la posición paranoide, sino que al contrario, Klein confirma a Lacan. Por otro lado, la “referencia de un arcaísmo”, apunta a esa cuestión específica de la lengua francesa, la incorporación de un término que no era de uso cotidiano, fantasme, para nombrar aquello que no podía traducir del alemán Phantasie como fantasie. ¿Qué generó esa supuesta diferencia doctrinal entre Klein y Lacan como para que fuera necesario utilizar de ese modo dos términos, fantasía y “fantasma”, alterando la significación común de uno de ellos (fantasma) en lengua española? Sobre todo teniendo en cuenta que, como bien lo planteó Marie-Claude Thomas, acaso “¿el camino abierto por Lacan habría podido ser lo que fue sin Melanie Klein?” (Thomas, 2008, p. 40).

Es interesante tomar nota de que “De nuestros antecedentes” fue un texto escrito en 1966 especialmente para la edición de sus Escritos, vale decir, todos los textos publicados en este volumen corresponden al trabajo previo de Lacan. Curiosamente, los primeros ejemplares impresos del libro llegaron a las librerías el 15 de noviembre de 1966, y exactamente al día siguiente, en rue de l’Ulm, comenzaba su seminario La lógica de la fantasía. Precisamente el 16 de noviembre, en ese primer día de seminario hizo el anuncio del libro a su público. La apuesta de ese seminario, compleja, no implicaba cambiar ningún nombre, si no, hacer pasar la problemática de la fantasía por la lógica, apuesta que al final de ese seminario dirá que había quedado en su inicio. En ningún momento planteó una objeción al uso del término con el que habitualmente se identificó en francés aquello que aisló Freud y amplificó Klein.  

¿Cómo se llegó hasta esa distinción fantasía/kleiniana y fantasma/lacaniano? La primera versión en español de Tomás Segovia de los Écrits se tituló Lectura estructuralista de Freud, fue publicada en 1971, y en el mismo párrafo “De nuestros antecedentes”, las dos veces que se traduce el término fantasme como fantasma. Evidentemente esa traducción no traducía los Écrits, era una selección de algunos textos, por lo que se realizó en 1978 una segunda versión, entonces sí titulada Escritos, donde en el mismo párrafo aparece las dos veces traducido fantasme como fantasía. Tampoco esta versión era completa de los Écrits, faltaban una serie de textos que fueron traducidos por Armando Suárez y publicados en un suplemento aparte. En 1984 ya se trataba de la versión completa de los Escritos y allí la fantasía persistía las dos veces en el mismo párrafo, tanto para Lacan como para Klein. Qué se produjo en el camino hasta llegar a la corrección de traducción aparecida en el año 2008, la que establece esa diferencia entre fantasía kleiniana y fantasma lacaniano, debería ser objeto de un estudio más en detalle, pero es necesario tomar nota de que ya en 1971 el fantasma rondaba la traducción de Lacan al español. El modo en que apareció y desapareció pocos años después, habilita a suponer que fue a consecuencia de que fantasme y fantasma son falsos amigos, la corrección posterior por fantasía, que permaneció en el tiempo, confirma esa hipótesis.

Para acompañar estos embrollos, un año después de publicado Lectura estructuralista de Freud, se produjo la primera incursión de “lacanianos” en el Río de la Plata: Maud y Octave Manonni, en abril de 1972, y, Serge Leclaire en agosto del mismo año desembarcaron en estas orillas, primero Buenos Aires y luego Montevideo. De ese pasaje por Montevideo, le debemos al Archivo Documental de la Asociación Psicoanalítica del Uruguay la publicación de la transcripción de sus seminarios. Podemos saber lo que se produjo como intercambio entre estos “lacanianos” y un grupo de 20 o 30 kleinianos, titulares, adherentes y en formación de la Asociación. Gracias a la invitación que Óscar Masotta les había hecho a Buenos Aires, la cercanía geográfica hizo que, en Montevideo, durante una semana en cada estadía, mañana y tarde, intercambiaran sobre la formación de los analistas, sobre si alcanzaba con la enseñanza de Freud o era necesario cierto pluralismo. Esos encuentros provocaron un verdadero “retorno” a Freud, dado que en la Asociación Psicoanalítica del Uruguay se leía mayormente a Klein y su escuela, y a posteriori, determinaron que se generara el “modelo uruguayo” de formación en la IPA donde prima la heterogeneidad. Para nuestro asunto es de interés extraer de ese seminario cierta escena fantástica o fantasmal, según se prefiera.

Cierto día de agosto de 1972 (desconocemos la fecha exacta), Leclaire afirmó: “Ustedes emplean el término de fantasía inconsciente, que es un término kleiniano. Nosotros empleamos el término fantasma.” A pie de página se lee una nota del traductor, Víctor Fischman, “Empleo la palabra fantasma para marcar la diferencia.” (Leclaire, 2012, p. 60) No cabe duda que Leclaire no dijo fantôme sino fantasme, lo demuestra la acotación del traductor, y que a posteriori, el traductor siguió traduciendo fantasía. ¿Por qué la necesidad de esa doble forma de nombrar? Difícil de probar más de cincuenta años después, pero sí es posible tomar la palabra de alguien que recordaba del clima de época, Marcelo Viñar, por más que en ese momento era un preso político de la incipiente dictadura. Y su palabra es valiosa no sólo por lo que pudo recordar, sino también porque, al igual que Allouch, señaló que la fragilidad era una de las características teóricas del análisis (en Leclaire, 2012, pp. 21 y 22). Hasta 1972, en Montevideo, se suponía que quien tenía la verdad de las fantasías no eran aquellos que se analizaban, fueran legos o candidatos a analistas, sólo a sus analistas les era dado saber esas verdades, ellos las habían recogido de las enseñanzas kleinianas. Toda esa concepción de la verdad y el saber fue puesta en cuestión por aquellos “lacanianos” que no eran gendarmes de la teoría, porque en su estadía estos franceses no exhibieron las teorías y los conceptos como armas (gens d’armes) para defender nada. Ellos mismos tenían sus “desvíos” particulares en relación a una supuesta ortodoxia “lacaniana”. 

Esta escena puede esquematizarse de modo que, un público que hablaba en español y cultivaba lenguaje kleiniano le planteó preguntas sobre la formación y la práctica del análisis a alguien que tenía otra lengua (francés) y otro lenguaje (lacaniano). Un tercero de esta escena, el traductor, que debería haber operado de puente y límite entre dos lenguas, pretendió saldar algunas dificultades “marcando las diferencias” sustituyendo fantasía por “fantasma”, suponiendo bastaba con cambiar nombres, sin tener presente que fantasme y fantasma son “falsos amigos” o cognados. Su solución de compromiso dejó por el camino la lengua a la que traducía, saltándose la posibilidad de una discusión teórica seria. Corresponde señalar la posibilidad de que, a las tres instancias precedentes, público kleiniano, seminarista lacaniano y traductor, se agregue una cuarta, la incipiente construcción de un Lacan monumental que supuestamente hablaría una lengua particular. 

Algunos años después, en la primera traducción al español de un seminario de Lacan, el numerado como 11, bajo el título de Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, Francisco Monge tradujo en 1977 para la editorial española Barral utilizando la palabra fantasía y no “fantasma”. Vale decir que, seis años después de publicados algunos escritos en español, mientras un español forzaba en México la emergencia de un “fantasma”, en España, un traductor español se ajustaba a la lengua española con la fantasía. En esos tiempos, Oscar Masotta el difusor de Lacan en Buenos Aires, ya había emigrado a España escapando a la dictadura y atravesando algunas luchas de poder en el campo freudiano que muy probablemente incidieron en el traductor montevideano.

En lo que concierne a Lacan y la fantasía, para poner coto a la florescencia imaginaria, desde mucho tiempo antes de 1966, ya había recurrido a los matemas, para el caso, $a. Una mala traducción lo único que hace es reactivar el embrollo, algo que Lacan buscaba zanjar con sus matemas. Con su seminario La lógica de la fantasía, Lacan agregó una dificultad, porque para una lectura de su seminario los lacanianos deberían tener un conocimiento y manejo del grupo de Klein, un artefacto matemático clave en ese seminario, y también, un conocimiento de la lógica de Boole. Utilizar la palabra “fantasma” en vez de fantasía resulta un atajo para saltearse la problemática que plantean las matemáticas y la lógica a las que debería enfrentarse cada uno que estudie este seminario y se aboque al estudio de la fantasía.

Para medir hasta dónde pueden llegar los efectos de este asunto más allá de las disquisiciones teóricas, se puede recurrir al testimonio de análisis de Gabriela Liffschitz, quien calificó el final de su análisis como la historia de un asesinato, y en lo que ella llamó “atravesamiento del fantasma” se denotan sus intenciones mortíferas. Pero tratándose de la lengua española podemos recurrir a la película Prostituta de Ken Russell. En tanto el modo de presentación de la prostituta era decirles a sus clientes “Quiero ser tu fantasía”, evidentemente decir “Quiero ser tu fantasma” hubiera puesto en riesgo su oficio dado que, salvo sus clientes lacanianos, difícilmente a alguien le resultaría atractiva su propuesta. En la lengua española ciertos lacanianos han aportado a una pequeña Babel, y sería del caso estudiar la función y la posición de ese lenguaje lacaniano, el lacanés, dentro mismo del lenguaje común. Esto no implica desconocer que los fantasmas imponen condiciones a los sujetos, pero son diferentes a las que puede provocar la fantasía, su distinción se sostiene en distintas relaciones de ausencia/presencia, allí se cifran matices que es necesario sostener. Forzar al “fantasma” a decir lo que corresponde a la fantasía es tratar una lengua viva como si fuera una lengua muerta.

Al modo de Barbara Cassin, se puede decir que, en el campo freudiano, “no cesa de (no) traducirse”. No tiene esperanza creer que las elucubraciones psicoanalíticas se transformarán en una lengua universal, como tampoco tiene porvenir un nacionalismo lenguajero, vivimos entrelenguas. No todo puede decirse en una misma lengua, hay cosas que sólo pueden decirse en alemán, en francés o en inglés, y esto importa porque fue en esas lenguas que se desarrolló la mayor parte de la teoría analítica. Una primera conclusión de esto sería que es necesario darse tiempo para que las traducciones se estabilicen de la mejor manera en cada lengua, por más que la primera palabra escuchada sobre un asunto haya sido, por ejemplo, “fantasma”, y esa marca sea difícil de borrar. La dificultad para corregir los errores de traducción, o la opción de pasar o no al español los neologismos, asuntos que requieren el recurso de la poesía, son rasgos que forman parte de una misma línea de fisura. Es necesario tener en cuenta que las traducciones son formas de leer que determinan al público, y en muchos casos, las rivalidades ideológicas o el predominio de la alteridad de las lenguas ha desplazado el énfasis en la alteridad literal, que debiéramos tomar desde las particularidades del español como lengua.

Buscar el sentido último supuesto en la lengua de partida, que en principio la lengua de llegada no tendría, puede llevar a variados precipicios. Y por más que no haya teorías de traducción que solucionen estos problemas de una vez por todas, lo que importa, más que nada, es la posición de traducción. A diferencia de Fischman, traductor de Leclaire, que se colocó del lado de marcar una diferencia adulterando las significaciones de una palabra, la posición de traductora de Luba Jurgenson, en su bello libro Salir de casa, es radicalmente distinta. Para ella las traducciones tienen marcas de época, son necesarias la re-traducciones frente al “reumatismo verbal” que genera el anacronismo de las que están fuera de época. Si “la patria es la lengua”, es necesario buscar, ¿dónde?: “la lengua misma sugiere la solución al traductor. ¿Quién la rechazaría?” (Jurgenson, 2025, p. 50). Cuando esto no sucede corresponde nombrar a esta línea de fisura, aunque esté cargada de argumentaciones retóricas, minorización de la lengua española. Los modos de relacionarse con esta lengua posiblemente marquen límites en los desarrollos teóricos del psicoanálisis en la misma lengua española en la que practicamos el análisis.

Tal vez, si damos un paso más, es posible suponer que los que sostenían el “fantasma” como insignia diferencial, buscaban complacer a Lacan, o hacer lo que suponían que iba a complacerlo en su vida en el más allá. Allouch alertó sobre este asunto de complacer a Lacan sobre la cuestión de la traducción en su libro Schreber teólogo

No obstante, al respecto se presenta una dificultad, porque esa traducción, sin dudas para complacer a Lacan, ha abusado ampliamente de goce(s). (Allouch, 2014b, p. 63)

Se trataba de la traducción de las Memorias de Schreber, decidir si conviene goce o placer, por lo que la traducción del alemán al francés se habría inclinado a proponer lo que se suponía que agradaría a Lacan. En lo que concierne a “fantasma”, complacer a Lacan sería ponerlo en un lugar diferencial ya desde el uso de esa palabra, suponiendo que sería una palabra más “seria” que fantasía, sin medir qué se compromete en eso para la lengua española.

Señalar esa idea de complacer a Lacan, o a un supuesto Lacan, abre la puerta a otro asunto que también concierne a las publicaciones y sus fragilidades, pero de otro modo. Por lo menos, durante más de cuarenta años permaneció oculto el único libro que escribió Lacan, hace ya sesenta años. Los Escritos, vale la pena recordarlo, son una recopilación de artículos, mientras que Cuestionamiento del psicoanalista, un libro que nunca terminó, lleva un título que consuena perfectamente con “Fragilidades del análisis”. Fue publicado en el 2021 dentro de un conjunto de textos y testimonios bajo el título general de Lacan Redivivus. Además del extraño título del conjunto, y del lamentable retraso de la publicación, se le agrega una tergiversación en su ubicación temporal:

Jacques-Alain Miller estima que este texto es anterior al seminario sobre Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis y debe fecharse en la segunda mitad del año 1963. Lacan abrevó en él para nutrir su Seminario 11. También se reconocen pasajes retomados en el Seminario 12. Parece tratarse de un intento de dar forma sintética a su enseñanza de los diez años anteriores, intento emprendido a continuación de su partida de la IPA y abandonado en provecho de la preparación de los Escritos. (Lacan, 2025, p. 24)

Tal es lo que nos informa Christiane Alberti, editora del libro en conjunto con Jacques-Alain Miller. ¿Será más difícil leer que sumar y restar? Si al inicio del texto Lacan escribió que entonces iba por su curso de enseñanza número 13, y unas páginas después se refirió a su interrumpido seminario Los-nombres-del-padre como el número 11, el conteo debe iniciarse en los seminarios que comenzó a dar bajo Societé Française de Pyschanalyse, no aquellos que antes dio en su casa. Difícilmente el libro podría haberse escrito en la segunda mitad del año 1963. En todo caso, siguiendo las primeras líneas de Cuestionamiento del psicoanalista, allí se lee que fue un libro que reinició varias veces y su última versión, la que podemos leer, habría sido escrita o terminada de escribir entre los años 1965 y 1966, años de su seminario El objeto del psicoanálisis. Incluso, en una de las sesiones de un seminario previo, Problemas cruciales para el psicoanálisis, leyó para su público fragmentos de lo que estaba escribiendo. No es lo mismo que sea en un tiempo que en otro, él no era el mismo ni el momento era igual, entre otras cosas, la escritura de este libro formó parte de su forma de transitar los malestares del 63 con su exclusión de la IPA. Pero, además, se pueden reconocer al inicio preguntas sobre el análisis didáctico, se lee la palabra pase y la palabra testimonio, también la fórmula deseo del psicoanalista, en suma, no sería descabellado afirmar que en este libro hay prolegómenos a la propuesta de octubre del 67.

¿Por qué el tal yerno de Lacan y Alberti presentan Cuestionamiento del psicoanalista como un texto escrito en 1963? Una nueva curiosidad se puede agregar, porque los editores dicen que Lacan se fue de la IPA, cuando en realidad fue excluido, o su integración implicaba tantos renunciamientos a la enseñanza y al ejercicio analítico que eran imposibles de aceptar, al punto que él mismo la llamó excomunión. Como si no alcanzara con esto, los editores llegan a decir que Lacan abrevó en su libro inconcluso para su seminario 11, y que retomó algunos pasajes en el seminario 12. Si se lee bien, la manipulación es flagrante, no hubo tal anticipación, sino que fue agregando comentarios de los seminarios que iba dando, con lo que la versión publicada es del 65-66 no es más que el resultado de un libro en obra durante algunos años. No deja de ser sospechoso que el tal yerno de Lacan le haya encomendado a Christiane Alberti la edición de ese texto en Lacan Redivivus, como si solamente una Christiane pudiera lograr ¡la Resurrección de Lacan!! En ese caso, anticiparse a sí mismo sólo resultaría del ejercicio de superpoderes, algo a lo que un resucitado no podría resistirse. Esta figura de Lacan resucitado famillermente genera interrogantes: ¿qué leemos cuando decimos que leemos a Lacan? Al servicio de esa invención de Lacan tenemos otra línea de fractura forzada que puede llamarse malversación de archivo.

Esta malversación coloca a Lacan en momentos que no corresponde, lo pretende héroe, y esa épica familleriana ha devenido un gran obstáculo. No sólo por hacer un héroe del Lacan y lo que implica leerlo así, con el sobre peso que se le da, sino que esa versión parece haber dado lugar en los lacanianos a una épica vicaria. Es decir, algunos que se valen de un Lacan-héroe para confrontar con otros psicoanálisis, incluso, con otros saberes. El epítome del asunto puede verse en las escisiones y fundaciones de grupos de lacanianos, que en sus declaraciones siempre enarbolan las banderas de la libertad y la fidelidad. Si a Lacan se lo lee como a un héroe excluido que se anticipa a su propio decir, y que, para colmo, es capaz de resucitar a los cuarenta años, se lo coloca en un mal lugar y se lo maleerá.

Tratándose de nombres, hablar de Freud como padre del psicoanálisis (¿cuántas veces hemos escuchado esta expresión?) se lo transforma en un nombre-del-padre generalizado, por lo tanto, se degrada al psicoanálisis transformándolo en una cosmovisión, religiosa o política. No es que haya que combatir contra viento y marea a aquellos que reclaman a Freud como padre-del-psicoanálisis, simplemente se trata de saber que ellos se sienten cómodos en ese registro familiar, y sus decires estarán marcados por esa posición. Estar alertas respecto a los usos de los nombres Freud, Lacan, Winnicott… implica que en el borde de hacerlos nombres-del-padre resulta una forma de desconocer las fragilidades del análisis. ¿Por qué serán tan importantes para el psicoanálisis esos nombres? Si partimos de la base de que el psicoanálisis no es un sistema, nunca tendrá leyes más que las del inconsciente, más sintomáticas que esclarecidas, la vía de los nombres propios puede resultar una falsa salida. Cada vez que se recurre a un nombre sería necesario un gesto crítico que opere en toda la línea. Sobre todo, frente a aquellos que intentan rescatar al psicoanálisis de lo imposible donde lo ubicó Freud. Si volver a los decires de Freud, de Lacan y de otros tiene sentido, es porque se trata de recuperar en ellos algo que haga de caja de resonancia para la voz sufriente y gozosa de aquellos que recibimos en los consultorios.

En los sesenta años que Allouch dedicó a leer las elucubraciones de Lacan, más que nada se dedicó a fragilizarlo, justamente poniendo en cuestión esas intenciones de hacerlo un héroe. Fragilizar a Lacan, ponerlo en cuestión, va a la par con fragilizar el análisis, porque esto supone no adjudicarle una consistencia que no tiene y entorpece el ejercicio analítico. Es en ese sentido que otras de las cuestiones que merecían ser enmendadas de la primera traducción al español de “Fragilidades del análisis” fue la traducción de los subtítulos del artículo.  La expresión francesa “Point de…”, más que traducirse como “Punto sin garantía” o “Punto nosografía”, etc., correspondía que se tradujera en su radical rechazo: “Sin garantía”, “Sin nosografía”, “Sin común”, “Sin fronteras” y “Sin psi”. Sólo podrá llevarse adelante el ejercicio analítico al despojarse de esos lastres. Rotundamente, todos y cada uno de esos “sin” son una condición necesaria para el análisis.

Si conviene proponer otros ejemplos de fragilización postulados por Allouch, su declaración (o proclama) “el psicoanálisis será foucaultiano o no será” es una de ellas. ¿Cuántos se alarmaron por esas palabras cuando pocos minutos antes estaban seguros de que Foucault estaba en la vereda de enfrente? Y qué decir de “acoger los gay and lesbian studies”, ¿cuántos se preguntaron si Allouch los quería pervertir? Alcanzaría con señalar estos ejemplos, pero agregaré dos más, spicanalítico y neutro. ¿Qué es ese desaguisado de pretender cambiarle el nombre al psicoanálisis? ¿Acaso no sería caer fuera del campo freudiano? ¿Además de degenerados vamos a renegar de Freud? ¿Qué es eso de introducir un término como neutro que colisiona con lo que es este mundo signado por la actuación? Neutro, neutralidad, palabras que no han tenido buena prensa lacaniana, exigirán el trabajo de hacerles lugar en un mundo en el que sólo parecen sobrevivir los audaces. ¿No será fragilizar demasiado al análisis postulando lo neutro? ¿Será conveniente agregar más fragilidad a la fragilidad? Sin embargo, es posible que en esa fragilidad aumentada sea donde reside la posibilidad de verdaderamente acoger lo que alguien tiene para decir sin saber que lo está diciendo.

“Fragilidades del análisis” será uno de los artículos clave del extenso recorrido de Allouch, pero, volviendo al inicio, esa fragilización no hay que reducirla a la psicopatología, a la ética psicoanalítica y la antropología psicoanalítica. En los juegos de espejos en la lectura, algunos textos se vuelven sagrados, y cuando se trata de lo sagrado, se hacen necesarias las herejías como las que llevan adelante los que ya no soportan la mala fe reinante. En nuestro tiempo, las herejías ya no son perseguidas con espadas y fuego, sino que son rodeadas por una “burocracia espiritual” (Rodríguez, 2024, pp. 55-84) que termina anulándolas. La fragilización de Lacan y del análisis promovida por Allouch, en este tiempo, donde no parece hacer problema definirse como foucaultiano, como tampoco parece provocar demasiado escozor, en teoría, hablar de disidencias eróticas, es necesario explorar y generar otras fragilidades, las que posiblemente resulten difíciles de reconocer porque formamos parte de ellas mismas. Tal vez las dos que hemos abordado en este texto, traducción y edición, sólo sean perceptibles a partir de una tercera que es clave, porque nadie practica el análisis sólo: la fragilidad del trabajo con otros. Sostener cierto grado de heterogeneidad sin que lo institucional determine modos y tiempos, es todo un desafío que se practica a priori sabiendo que conlleva cierto grado de fracaso, pero es un desafío necesario para no quedar en la sagrada repetición de los mantras de turno. Porque fragilizar el análisis implica reconocer los efectos de los lugares donde se lo ejerce, lugares que son lenguas, que son regiones, que son culturas, grupos, hasta barrios. Fragilidades es advertir, también, que los humanes nunca estaremos a la altura de nuestros propios ideales. Cada uno deberá sacarse de su propio pozo, cuando descubra que ha cavado hasta una profundidad suficiente que le impide ver alrededor.

ADENDA

A partir de esta intervención, conversaciones con Florencio Spangenberg, Diego García y Diego Nin, me permitieron identificar que, en distintas fechas de edición, durante cincuenta años, los Escritos han pasado por distintas facturas. Les agradezco a ellos haberme ilustrado y suministrado las pruebas de esos cambios. En contraposición a lo que ha sido la versión en francés, Écrits, esta ha permanecido tal cual desde su primera aparición, manteniendo el año 1966 como fecha de edición, incambiado, como en una ficción de eternidad, cada uno que ha comprado un ejemplar no podrá saber exactamente en qué fecha fue impreso. Por otro lado, en español, el problema fantasía/fantasma resulta ser un punto de partida para el necesario estudio arqueológico de la traducción de los Escritos. Al concienzudo trabajo de Marcelo Pasternac publicado en el 2000, 1236 errores, erratas, omisiones y discrepancias. En los Escritos de Lacan en español, le cabe un lugar central para esa arqueología. Aunque a su estudio le faltó considerar la edición anterior a 1978, Lectura estructuralista de Freud, como tampoco pudo tomar en cuenta lo ocurrido en la corrección del 2008, posterior a 1984. La corrección del 2008 ni siquiera hizo referencia al trabajo de Pasternac que sin dudas estuvo en su base, aunque fuera, por su espíritu crítico. Por último, corresponde alertar a los lectores que hay diferencias notorias en muchos puntos a partir de la edición corregida del 2008, posiblemente la última que se disponga en español. Mi agradecimiento también a Helena Maldonado por la lectura de este texto.

Textos referidos

Allouch, J., (2014), “Fragilidades del análisis”, traducción Rodolfo Marcos Turnbull, en me cayó el veinte 29, México. 

Allouch, J., (2025), “Fragilidades del análisis”, traducción José Assandri, Marie-Laurence Gleville y Marcelo Novas, en ñácate.

Allouch, J., (2014b), Schreber teólogo, traducción Silvio Mattoni, el cuenco de plata, Buenos Aires.

Allouch, J., (2020), La escena lacaniana y su círculo mágico, traducción Silvio Mattoni, el cuenco de plata, Buenos Aires.

Betteo Barberis, M., (2002), “Entre fantasía y fantasma hay un océano”, Opacidades 2, Buenos Aires.

Graham, G., (2002), “Cuando aparece el fantasma”, en Opacidades 2, Buenos Aires.

Lacan, J., (1966), Écrits, Seuil, Paris.

Lacan, J., (1971), Lectura estructuralista de Freud, traducción Tomás Segovia, Siglo XXI, México.

Lacan, J., (2008), Escritos, traducción Tomás Segovia; revisada con la colaboración del autor y Juan David Nasio; revisada por Armando Suárez, quien tradujo los ensayos no traducidos en la versión anterior; nuevamente revisada por Gabriela Ubaldini y el equipo de traducción de la editorial, Siglo XXI, Buenos Aires.

Lacan, J., (1977), Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, traducción Francisco Monge, Barral, España.

Lacan, J., (2025), Cuestionamiento del psicoanalista, en Lacan Redivivus, traducción Gerardo Arenas, Paidós, Buenos Aires.

Leclaire, S., (2012), Seminarios en Montevideo, 1972, APU, Montevideo.

Leiris, M., (1988), Huellas, traducción Jorge Ferrero, Fondo de Cultura Económico, México.

Liffschitz, G., (2009), Un final feliz (Relato sobre un análisis), Eterna cadencia, Buenos Aires.

Manonni, M. y O., (2020) Seminario en Montevideo, 1972, RUP, Montevideo.

Pasternac, M., (2000), 1236 errores, erratas, omisiones y discrepancias. En los Escritos de Lacan en español, Epeele, México.

Rodríguez, A. (2024) “Místicas medievales, feminismos contemporáneos. Burocracia espiritual y consignación de identidades”, en Heresiologías. Operaciones teológico-políticas sobre la disidencia en la historia, edición de Camila Joselevich Aguilar, UNAM.

Sampson, A., (1992), “La fantasía no es fantasma”, en Artefacto 3, México.

Thomas, M-C., (2008), Lacan, lector de Melanie Klein, Epeele, México.

Žižek, S., (2024), Órganos sin cuerpo, traducción María Marcela Alonso, Ediciones Godot, Buenos Aires.

Notas

  1. Organizadas gracias al esfuerzo de Verónica Bouvier, Sergio Campbell, Silvia Maurino y Virginia Vogliotti. ↩︎
  2. Sigo aquí una sugerencia de Gabriel Meraz, ¿acaso se puede producir algo nuevo si se pretende estar siempre en tierra firme? ↩︎

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