¿Habitar la vejez?

Una práctica institucional para personas mayores

Helena Hirsberg

Edición al cuidado de Diego Nin y Marcelo Novas


Créditos de la imagen: Tinta China.Herman Hirsberg, México 1985.

Al envejecer se hace cada vez más difícil separarse del esplendor del paisaje que uno atraviesa. La piel desgastada por el viento y la edad, distendida por el cansancio y las alegrías, los pelos, lágrimas, gotas de sudor, uñas y cabellos que han ido cayendo al suelo como hojas o ramitas muertas dejan pasar el alma, que se extravía cada vez más a a menudo fuera de la piel. En realidad, el último viaje sólo es una dispersión. A medida que envejezco, me siento mejor en todas partes. Ya no resido demasiado en mi cuerpo. Temo morir cualquier día de estos. Siento que mi piel se ha vuelto demasiado fina y porosa. Y me digo a mí mismo: un día el paisaje me atravesará. (Pascal Quignard )

Llegar a la vejez, y su problemática actual.

El envejecimiento de la población mundial viene en aumento acelerado. Dos factores explican este fenómeno: el descenso de la mortalidad -o su derivado, el aumento de la esperanza de vida- y la disminución de la natalidad. Estos cambios se deben, en gran parte, a los avances en las prácticas médicas y su accionar y al mejoramiento en la calidad de vida, que permiten vivir más años.

Este escenario representa un gran desafío para la ciencia, la sociedad y las políticas públicas, ya que la edad suele asociarse con la enfermedad, la incapacidad y, por ende, con la dependencia.

Actualmente, desde distintos ámbitos se trabaja para transformar la imagen deficitaria de la vejez, resignificarla y revisar los modos de atención, compañía y cuidado, promoviendo un nuevo enfoque epistemológico. Este cambio de paradigma busca reconocer que cada vejez es única, alejándose del modelo tradicional biomédico, centrado exclusivamente en los tratamientos patológicos y farmacológicos, así como de una atención basada únicamente en el cuidado asistencial orientado a la higiene y el confort.

Se busca entonces cambiar la mirada, las creencias y los estereotipos que se tiene de la vejez, especialmente, en la cultura occidental donde suele concebirse como una etapa de decrepitud, de dependencia, discapacidad, fragilidad, enfermedad y asexual.

Frente a este panorama, podríamos preguntarnos: ¿por qué le podría interesar la vejez al psicoanálisis? Quizás porque le interesa cada viejo, cada vieja, en su particularidad y singularidad y otorgarles particularidades sentidos a los acontecimientos de su vida y de su mundo.

¿Quién puede analizar a quién? Respuesta a Sigmund Freud[1]

En esta revisión crítica de los discursos que han abordado la vejez, también el psicoanálisis puede interrogar sus propios fundamentos.

Sigmund Freud, por sus 50 años, escribió que el tratamiento psicoanalítico en personas mayores a 50 años no era recomendable. Sugirió que pasada cierta edad la capacidad psíquica y la plasticidad se veían reducidas y limitadas. Aunque no lo estableció como una idea absoluta.

En El método psicoanalítico de Freud (1903), dice lo siguiente: “También se crean condiciones desfavorables para el psicoanálisis si la edad del paciente ronda el quinto decenio, pues en tal caso ya no es posible dominar la masa del material psíquico, el tiempo requerido para la curación se torna demasiado largo, y la capacidad de deshacer procesos psíquicos empieza a desfallecer.”[2]

Más adelante, en: Sobre psicoterapia (1905-1906)[3] agrega que la edad influye en la elección del tratamiento psicoanalítico, ya que las personas mayores suelen carecer de plasticidad anímica necesaria para la terapia y el trabajo de reelaboración implicaría un tratamiento prolongado.

En Sobre la iniciación del tratamiento (1913), vuelve a mencionar que la edad avanzada puede representar una dificultad para el análisis, ya que los procesos psíquicos están fijados y es menos probable que ocurran cambios significativos en la estructura psíquica.

En este sentido, podríamos suponer que la percepción de Freud sobre la vejez estaba asociada a un declive del aparato psíquico, a la disminución de la libido, un ciclo vital corto y la pérdida de interés por el mundo. No obstante, para él, el inconsciente continúa produciendo sus efectos hasta el final. Así, Freud sitúa en la vejez temas centrales como la muerte, las pérdidas y el tiempo. Una concepción de la vejez que responde a su época.

Ahora bien ¿debe la edad del analizante ser un factor limitante para el análisis?

Que la edad de alguien sea el factor que condicione un análisis definitivamente obstaculiza la escucha. ¿Y del lado del analista, puede serlo también? Estas preguntas abren el juego a una reconsideración del método analítico.

Por su parte, Jacques Lacan propuso un modo particular de escucha, atento al detalle, a la minucia, al pormenor del decir de alguien: a lo que se dice y a cómo se dice, o sea, a lo que refiere tanto al sujeto del enunciado como al sujeto de la enunciación. Pero también al significante, que es quien expresa esta diferencia, el cual permite correrse del concepto de la vejez como algo preconcebido. Allí en el decir, puede escucharse qué le hace la vejez a alguien y qué hace alguien con su vejez.

Es una escucha particular que pretende ubicarse en un lugar de no adjetivar, de cierta delicadeza. Sobre esto, Roland Barthes describe la delicadeza como un “goce de análisis, una operación verbal que desbarata lo esperado”[4], y agrega que “una relación que se adjetiva está del lado de la imagen, del lado de la dominación y de la muerte”.[5] En ese sentido, el ejercicio analítico no debe fijar una imagen de “vejez”, sino abrirse a las particularidades del sujeto.

La vejez como significante y posición subjetiva

No se trataría de determinar una vejez universal ni de centrarse exclusivamente en el ciclo vital para delimitarse, sino de la manera en que cada persona se relaciona con eso.

Es en el decir de alguien donde se alude a una posición subjetiva con sus diversos significados: un “viejo” estereotipado puede ser una posibilidad. Incluso alguien de cuarenta años puede situarse en un “modo viejo”. Se trata, en todo caso, de una identificación -imaginaria, pero también simbólica- de lo que es la vejez, atravesada por dimensiones sociales, políticas e institucionales, con discursos que le son propios y con las representaciones e identificaciones que el sujeto tenga. Es la forma en que un sujeto se implica frente a lo que le pasa, a su deseo y a los significantes que lo determinan.

Dicho de otro modo, vejez, es un significante; y estar en “modo viejo” puede ser solo una manera de habitarlo. Vérselas como viejo, vérselas con ese significante, estar en función de eso.

La vejez, entonces, no es únicamente una categoría biológica o cronológica, sino también la forma en que alguien se confiere en un lugar, el modo en que alguien se inscribe en eso.

En un análisis, no todos los viejos se presentan con problemáticas “propias “de la vejez, ni todos los jóvenes lo hacen con problemas “propios “de la juventud. Es allí donde se ubica un sujeto que se presenta desde una posición subjetiva, con su modo singular de estar atravesado por sus síntomas, su deseo.

El tiempo, el cuerpo

El envejecimiento es un hecho universal, pero la manera de envejecer es particular y única para cada persona. Aunque la vejez conlleva transformaciones propias, como plantea François Jullien, estas son transformaciones silenciosas que operan de forma imperceptible. Es el paciente proceso de las cosas, un continuo en transición con relación al paso del tiempo, la vida y al mundo. Jullien introduce la vejez como un proceso más del vivir: inadvertido, invisible, pero que, de pronto, se revela en sus resultados. Y es en un instante cuando se impone de forma imprevista, estridente y brutal. Ese momento de impacto, esa certeza ineludible de que la vejez se ha instalado, lo denomina revelarse.[6]

Con el paso del tiempo, la vejez comienza a manifestarse a través de algunas señales: el desgaste corporal, los cambios fisiológicos, la pérdida de dominio del cuerpo y la aparición de limitaciones que, hasta entonces, la persona solo conocía de oídas.

La vejez, como la pubertad, trae consigo problemáticas específicas relacionadas con el cuerpo. Mientras que la pubertad representa un cambio hacia la vida, la vejez implica un cambio hacia la muerte. El cuerpo se impone. La imagen trastabilla, tropieza o se puede mostrar incompleta. Se produce un desfasaje entre la imagen del propio cuerpo y lo que ese cuerpo, por otro lado, muestra y hace notar a cada momento. El narcisismo no envejece. Aparece entonces una extrañeza con el propio cuerpo.

Relaciones de poder en una institución, efectos de normalización

Uno tiene que hocicar”, dijo una residente poco después de haber sido institucionalizada, queriendo dar cuenta de una cierta manera de relacionarse con un nuevo orden que se le imponía y que a su vez le exigía cierta renuncia. Ella eligió “agachar la cabeza”, como modo de inscribirse y sostenerse en ese nuevo mundo institucional.

Las instituciones -en este caso, los espacios residenciales para personas mayores, que a veces se nombran con la abreviatura «Elepem», establecimientos de larga estadía para personas mayores- continúan arrastrando un modelo de atención heredado de un pasado asilar. Una “libertad” permeada, cimentada y construida sobre ese pasado, que aún lucha por conquistar nuevas formas. Sin embargo, en muchos casos, dicho intento termina reproduciendo discursos de poder: el poder médico, la perspectiva biologicista de la geriatría y gerontología, e incluso la autoridad adquirida y ejercida de quienes están en contacto directo con los residentes, es decir, el personal del establecimiento, especialmente cuando existe una situación de dependencia funcional o cognitiva.

Podemos acordar que la particularidad del decir institucional tiende a uniformizar. Se construye así un saber propio que clasifica, compara, organiza, crea registros. Se impone una lectura binaria: viejo bueno–viejo malo, sano- demente, dependiente- independiente. Se categoriza con significantes que le son otorgados al sujeto como “viejo”, “abuelo-a”, ‘loco”, “demenciado”, “decrépito”, “frágil”. Esto abre la posibilidad de que el sujeto quede reducido a esos significantes.

Las prácticas médicas, desde una mirada biologicista, el discurso social discriminatorio y el discurso gerontológico tradicional, han contribuido a generar registros clasificatorios y categóricos que terminan por encasillar y diagnosticar a la persona mayor. Esta lógica se vuelve especialmente evidente en los ámbitos residenciales, donde no solo se segmenta a las personas por sectores clasificatorios, sino que también se las aborda desde un lenguaje y unos tratos que resultan reduccionistas, infantilizantes o, directamente, las ignoran como sujetos de deseo. En este marco, la vejez se convierte únicamente en un problema a administrar y gestionar.

Frente a esto, se intenta mover las estructuras institucionales rígidas que conviven con el sistema, generando nuevas redes de comunicación y promoviendo instancias de formación y escucha continua para el personal. Se trata de introducir otra mirada, de resituar y transformar las figuras de todos los trabajadores implicados. Retomando a Foucault, se procura que la mirada de todos los actores involucrados en el cuidado y la compañía no quede inscripta en el orden de la vigilancia, el seguimiento de protocolos y el control de los cuerpos, evitando así que esta práctica derive en una forma de dominación.

¿Es posible otra lógica?

Una señora que vive en un residencial dijo un día lo siguiente: “Hoy lloré, ¿cómo hago para que, entre cien personas, yo sea una?”. El psicoanálisis pone en cuestión lo colectivo y los discursos monopólicos cargados de sentidos.

La institución, sin embargo, también puede ofrecerse como un lugar de libertad de circulación, retomando el término utilizado de Jean Oury[7] Circular – caminar, quedarse, decidir o simplemente dejar al otro en paz – da cuenta de que en los sujetos hay deseo. Para que esto suceda, es necesario una puesta en acción, un trabajo cotidiano sobre lo instituido, que tenga como finalidad reconocer las singularidades y darle lugar.  Solo así se podrán abrir espacios para otras formas posibles de habitar la vejez en una institución, en esa vorágine de lo colectivo[8] cómo asigna Oury.

Una forma de darle lugar a lo singular es, justamente, ofrecer una oreja dispuesta a darle lugar a ello. El dispositivo consiste en circular, mostrar pequeños indicios de que uno se ofrece como escucha, facilitando un espacio particular y único. Para que eso suceda, es necesario habilitar un lugar donde se invite a hablar, un espacio para escuchar lo que cada uno tenga para decir. Se puede comenzar a hablar de cualquier cosa, de bueyes perdidos si se quiere y, en ese bla bla bla, algo puede emerger. Buscar un lugar a solas, alejado del trajín colectivo, un espacio de privacidad: un espacio del decir. El encuentro puede surgir en un paseo por el jardín, sentados a la mesa del comedor, o a los pies de una cama. La intervención puede darse en cualquier parte: la manera de escuchar hace la diferencia.

Es posible que lo que surge en la intimidad del encuentro esté muchas veces permeado por lo que acontece en la institución. La transferencia se pone en cuestionamiento cuando el analista se vuelve parte del campo lógico de la vida diaria, y corre el riesgo de perder su cualidad particular. Es un gran desafío para quien escucha, ya que, en definitiva, forma parte de la institución, de sus decisiones y de su investidura de poder.

¿Sería posible mantener una extraterritorialidad en la institución? Esto sería posible solo si no hubiera una demanda por parte de la institución de saber lo que ocurre en esos encuentros privados.

Esa tensión entre la práctica analítica y el entramado institucional se puede encontrar en un artículo de Laurie Laufer: “Una verdad en el corazón del delirio: creatividad y duelo”[9]. Laufer nos conduce por un recorrido que comienza por Freud y su posición metodológica respecto a la edad del paciente para centrarse luego en la relación analítica con una paciente hospitalizada. A través del relato de una experiencia de análisis con una señora mayor internada en un hospital de París, Laufer va desplegando los detalles de un trabajo clínico. Con minucioso cuidado, describe los pormenores de sus visitas, desde el momento del ingreso de la paciente, atravesando una etapa de delirio inducido tanto por la enfermedad como por el tratamiento, hasta llegar a la recuperación tras la quimioterapia.

Se detiene en los avatares del servicio y del sistema médico: la rapidez en el diagnóstico y sus consecuencias, el trato recibido por la paciente y el tipo de atención brindada. Una lógica institucional dispuesta a borrar la subjetividad. Laufer explica en su artículo que, para ella, se trataba de estar presente, mantener el hilo del discurso, las condiciones de su discurso. Preservar el respeto a la palabra subjetiva -cualquiera que sea la forma que adopte- a pesar de la máquina médica, y de una muerte que parecía inminente. Señala que, gracias al dispositivo analítico, la aventura del inconsciente sigue siendo posible.

Finalmente, el servicio de salud posibilitó que sus sesiones pudieran sostenerse con regularidad. En este caso, la lógica médica se articuló con la práctica analítica.

Laufer nos propone una forma distinta de ejercer el psicoanálisis, por fuera del “marco” clásico.

También en esta ocasión, se intenta un ejercicio que se aparta del encuadre clásico. Se busca reconocer las resonancias del discurso institucional en el decir, escuchar los ecos, develar los efectos subjetivos del envejecimiento y de la institucionalización. Se trata de escuchar la historia de vida, de reconocer el valor de sus pérdidas, como una manera de entender el encuentro de esa persona con la muerte. Y, si se logra escucharla, tal vez sea posible acompañarla de otro modo. No solo en su trayecto de vida, sino también en su trayecto hacia la muerte.

Se trata entonces, de sostener el deseo de los viejos. De ahí la escucha individual que en cada caso en particular pasa por darle importancia a los pequeños detalles que a primera vista parecerían irrelevantes, pero son en los que se sostiene cada viejo. Para quien se siente despojado de casi todo, la vida pasa por los pequeños detalles.

Referencias Bibliográficas

Barthes, R. (1975). Roland Barthes por Roland Barthes. Eterna Cadencia, 2017.

Freud, S. (1904). El método psicoanalítico de Freud. En Sigmund Freud, Obras Completas. Amorrortu editores, 1979.

Freud, S. (1905). Sobre psicoterapia. En Sigmund Freud, Obras Completas. Amorrortu editores, 1979.

Jullien, F. (2010) Las transformaciones silenciosas. Bellaterra edicions.

Laufer, L (2011) Uneverité au coeur du délire: Créativité et deuil. Cairn.

Oury, J. (2017) Lo colectivo. Xoroi edicions.

Quignard, P (2000) Terraza en Roma. Espasa Libros.


[1]  Sigmund Freud mencionó su escepticismo sobre el tratamiento psicoanalítico en personas mayores de 50 años en una carta a Oskar Pfister (9 de febrero de 1918)

[2] Freud, Sigmund. El método psicoanalítico de Freud. 1903-1904. Obras completas. Tomo VII. P.241

[3] Ídem, Sobre Psicoterapia. P.253

[4] Barthes, Roland. Por Roland Barthes. Barcelona, Kairós, 1978.

[5] Ibid, p.52

[6] Jullien, F. Las transformaciones silenciosas. Ediciones Bellaterra, 2010. Barcelona

[7] Oury, Jean, Lo colectivo. Seminario de Saint-Anne. Xoroi Ediciones, Barcelona, 2017.

[8] Ídem

[9] Laufer, Laurie. Une verité au coeur du délire: Créativité et deuil. Sociología.2011. https://isidore.science/source/10670/2.gbuqxm. Gérontologie et societé, ID: 10670/1. b9c559.

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