José Assandri
Edición al cuidado de Guillermo Giménez y Maximiliano Diel

… la cuestión es que no se puede practicar
la psiquiatría o el psicoanálisis sin un conocimiento
lo más completo posible de la historia de estas dos disciplinas.
Jean Allouch
(Entre Lacan et Foucault, p. 158)
La publicación en el 2014 de la última traducción del artículo de Sigmund Freud “Das Unheimliche” (1919), realizada por Lena Walther y Lionel Klimkiewicz a partir de los manuscritos depositados en la Biblioteca del Congreso de Washington en EE.UU., obliga a quien lo lee a tomar posición frente a algunos asuntos. En primer término, la pregunta bastante obvia de qué Freud leemos cuando lo hacemos en español, cuestión que, por cierto, no garantiza que los alemanes lo lean mejor. Antes de que comenzaran a aparecer traducciones en Mármol-Izquierdo, desde de los años 70, dos editoriales se disputaban el público en lengua española, Biblioteca Nueva y Amorrortu Editores. Las dos exhiben (o exhibieron), como un gran mérito editorial, haber publicado Obras Completas de Freud. ¿Qué efectos tiene esta operación de marketing en los lectores, incluso, aunque no la perciban como tal? Un segundo asunto, también obvio, es que el tiempo ha desplazado a la edición de Biblioteca Nueva, siendo preferida la de Amorrortu Editores cuando se trata de lectores que tienen una aspiración de aplicarse a lectura de Freud de manera consistente. Entre los motivos de este desplazamiento se puede señalar el paso del tiempo entre una, que se inició en 1922, y la otra, que tuvo su comienzo a mediados de 1970. Esto implicó que la traducción de José Luis Etcheverry, pudo recoger efectos de las elaboraciones que se dieron con el correr de ese tiempo en el campo freudiano, como por ejemplo, el Diccionario de Psicoanálisis de Jean Laplanche y Jean-Bertrand Pontalis y el aparato crítico elaborado por James Strachey para la versión en inglés, la Standar Edition.
Leandro Wolfson, jefe de traductores de Amorrortu Editores, explicitó algunas de las condiciones en que se produjo esta traducción. Etcheverry, traductor profesional, fue contratado considerando que tenía una vasta cultura general y una formación filosófica. Su traducción pasó por un comité de revisión en el que participaron “dos psicoanalistas reconocidos y un psicólogo”, habiendo asumido el propio Wolfson el trabajo de comparación con la versión en inglés, además de realizar él mismo la traducción del aparato crítico de Strachey. En su texto en homenaje a Etcheverry, Wolfson indicó que podría ser de interés un estudio de los intercambios que se dieron entre los que participaron, en el supuesto de que la editorial haya conservado documentos de la época (Wolfson, 2014). Es evidente que la versión de Biblioteca Nueva no contó con esos materiales ni estableció esos dispositivos, además de que plantea otros problemas. Una tercera obviedad es que difícilmente se lee un texto desnudo, sino que, aún en la ignorancia más imprecisa, la lectura nunca es a secas ni a solas.
Uno de los méritos que se le debe reconocer a la versión de Amorrortu Editores, es que se ocupó de plantear una posición en la traducción. Esto no sólo por las dificultades que surgen cuando se traduce del alemán, y en particular, del alemán en que escribió Freud, sino también para señalar las diferencias con la traducción de Biblioteca Nueva. En esa confrontación de las traducciones Amorrortu Editores afirmó que, la que se le atribuye a Luis López-Ballesteros y de Torres, trasmite la gracia de la lengua española, pero carece de rigor (Sobre la versión castellana, 1978, pp. 1 y 2). No por obvia dejaremos pasar esta pregunta: ¿por qué suponer que el rigor es mejor que la gracia? No sólo porque se trata de psicoanálisis, sino porque sabemos que en toda traducción siempre se pierde parte del rigor y parte de la gracia de la lengua que se traduce, sin que sea posible cuantificar esas pérdidas como para compararlas.
Dado que comenzamos invocando los manuscritos de Freud, conviene convocar a Ilse Grubricht-Simitis, alguien que se dedicó a estudiarlos especialmente. Cuestionando los juicios demasiado generales, para ella, a la hora de traducir, algunos de los textos de Freud son poéticos, mientras que otros “son claros como el hielo y rudos como las exposiciones de un físico” (Grubricht-Simitis, 2002, p. 25). Se podría aplicar esta división dándole a la de Etcheverry el calificativo de “científico” por su “rigor” y, a la atribuida a López-Ballesteros y de Torres la de “literaria” por su “gracia”. Así las cosas, el lector tendría la opción de recurrir a una u otra traducción de acuerdo a cuál sea el tono que haya tenido el texto de Freud que lea. Esto seguramente encontrará varios detractores, más allá de que sea difícil ubicar dónde estarían las garantías de ser “fiel” a Freud, cuando de hecho, traducción mediante, todos estamos condenados a “traicionarlo”. Lo interesante del asunto, aun tomándolo como un simple experimento mental, es que el obstáculo de hacer elecciones de este tipo, pone en evidencia que se produce un pasaje que deja de lado la “fidelidad” al autor para volverse una “fidelidad” al traductor. Se podría conjeturar entonces que el artefacto Obras Completas, entre otros efectos, forma tipos de lectores, homogeniza las lecturas, algo que traducciones críticas como las publicadas por Mármol-Izquierdo amenazan con desestabilizar. Será necesario plantearse hasta dónde hacer de Freud un clásico, con un supuesto traductor autorizado, no dificulta el ejercicio de lectores capaces de producir algo nuevo a la altura de lo que fue el desafío freudiano.
Tomando en cuenta que Freud utilizó la traducción como metáfora del método analítico, fundamentalmente respecto a la interpretación de los sueños, y que en su juventud aprendió español para poder leer el Quijote, que por su origen familiar judío, además del alemán tendría cierto manejo del hebreo y el yiddish, que aprendió francés e inglés, y que su formación le exigió un pasaje por el griego y el latín, además de habitar en Viena, en su tiempo una ciudad cosmopolita, no está de más interrogarse una y otra vez sobre cómo sus textos han sido vertidos a la lengua española, analizar con más detención algunos elementos, identificar obstáculos que se han generado en esas operaciones, tanto sea en el orden editorial como conceptual.
Biblioteca Nueva y los reyes del ardid
A diferencia de la edición Amorrortu, cuyo verde inglés es un rasgo uniformemente distintivo, la edición de Biblioteca Nueva pasó por varios formatos hasta llegar a la que podría ser su momento culminante (“edición definitiva” rezan las solapas), la versión en nueve tomos de tapas con sobrios colores negro y violeta cuya publicación se inició en 1972. Ya perdida la primera edición en varios volúmenes, sus ediciones en gruesos tomos en papel biblia fue una de sus características durante mucho tiempo. Sin duda que, en estas versiones, el papel que soporta el texto no garantiza la creencia, pero tampoco es muy amigable para quienes estilan subrayar y escribir en las meras páginas como parte de su ejercicio de lectura. Tomando el inicio de cada traducción, mientras que la versión de Amorrortu Editores siguió la cronología de las publicaciones de Freud, la de Biblioteca Nueva, además de que no podía contar con todos los textos de Freud ya publicados en alemán, tampoco se acopló al progreso de la escritura de su autor, sino que optó por otro orden. El trabajo de López-Ballesteros y de Torres, que también era un traductor profesional, comenzó en el año 1922 con Psicopatología de la vida cotidiana (olvidos, torpezas, supersticiones y errores), antecedido por un prólogo de José Ortega y Gasset. Esta opción, un texto accesible e impactante para aquellos que aún no sabían de qué se trataba el psicoanálisis, resultó efectiva. En la medida en que era una editorial pequeña, necesitaba que sus publicaciones generaran un público propio que garantizara el rédito económico, y este sesgo comercial marcó su trayectoria. La interpretación de los sueños tuvo su lugar en los tomos VI y VII, y bajo el título de Historias clínicas, se publicaron en el tomo XV Análisis fragmentario de una histeria y en el XVI Un caso de neurosis obsesiva.
Tomando como referencia la versión en nueve tomos de tapas negra y violeta de Biblioteca Nueva, se puede leer en cada uno de ellos que la traducción fue realizada directamente del alemán por López-Ballesteros y de Torres. Además de que las fuentes de esa traducción no están claras, lo que nunca se ha explicado, es cómo le fue posible a López-Ballesteros y de Torres traducir lo que Freud publicó después de 1932. La razón de esta pregunta es muy simple, 1934 fue el año en que se publicó el tomo XVII, su última traducción de Freud, donde se incluían textos hasta 1932. Pero la interrogante puede desconcertar aún más si se considera cómo pudo traducir la selección de sus cartas a Wilhelm Fliess, liberadas al público en 1950 bajo la vigilancia de Anna Freud, Ernst Kris y Marie Bonaparte, cuando el traductor español había muerto en 1938. Si fuera cierto, como se lee en esa edición de Biblioteca Nueva, que López-Ballesteros y de Torres tradujo todo lo que se publicó de Freud después del año 1932, no sólo estuvo dotado de una capacidad poco común, sino que sería muy bueno saber con qué medios realizó tal tarea.
No sólo la muerte de López-Ballesteros y de Torres fue uno de los motivos por los que el proyecto de Biblioteca Nueva quedó en suspenso por un tiempo. El 11 de marzo de 1933 se quemaban en Berlín los libros de Freud, y en 1936 se desencadenó la Guerra Civil Española, tiempos oscuros y con terribles consecuencias. Si bien el proyecto de obras completas en lengua española fue el primero en el mundo y generó la satisfacción de Freud, la reanudación tuvo que esperar hasta 1943, cuando del otro lado del océano, en Buenos Aires y para la Editorial Americana, se hizo cargo de la traducción Ludovico Rosenthal. Aunque el proyecto se interrumpió nuevamente por motivos editoriales, ese tiempo dio lugar al tomo XVIII, Psicoanálisis aplicado y el XIX, El malestar en la cultura. Mientras tanto, en 1948, Biblioteca Nueva realizó una edición en dos volúmenes en papel biblia con los diecisiete tomos ya traducidos por López-Ballesteros y de Torres. Como los tiempos del franquismo obligaban, se sustituyó el prólogo de Ortega y Gasset por uno realizado por Ruíz-Castillo (tal vez escrito por José Germain, un psiquiatra y psicoanalista español), donde se consignaba que “la obra de Freud debe interpretarse en el sentido cristiano”, bajo el recaudo de los padres Gemelli y Moore (Arias y Borghini, p. 312). Tiempo después, en España:
En 1968, Biblioteca Nueva edita un tercer volumen, que viene a sumarse a los dos publicados en 1948, cuya traducción se encarga al titular de la cátedra de psiquiatría de la Universidad de Zaragoza, y uno de los mejores ajedrecistas que ha dado España, Ramón Rey Ardid (1903-1988), traducción que resultó ser un burdo plagio de la que había llevado a cabo Rosenthal en 1943 para Editorial Americana. Rey Ardid había reproducido incluso los errores tipográficos. (Arias y Borghini, p. 312)
En ediciones posteriores, además de Rey Ardid, aparecerá el nombre de José Germain, a quien se le atribuyen correcciones o ajustes, y se informa que el “médico psicoanalista chileno Jacobo Numhauser Tognola” se ocupó de la tarea elaboración de diferentes índices y notas explicativas, pero siempre la traducción fue atribuida a López-Ballesteros y de Torres. Mirado esto a cierta distancia, tal parece que Biblioteca Nueva recurrió a varios ardides para intentar borrar las trazas argentinas y hacer valer sus Obras Completas como si hubiera sido un producto único y españolísimo. El negocio obliga, hacer creer que habría una exclusividad de traducción podría otorgar garantías de coherencia y por eso el lector debiera pagar un poco más. Ese borramiento de Rosenthal se vuelve más curioso cuando, en la versión en nueve tomos, se lee la presentación José Ruiz-Castillo (hijo), porque allí se invoca El Anti-Edipo de Gilles Deleuze y Félix Guattari, además de hacer referencias al movimiento y la publicación Cuestionamos citando el nombre de Mimi Langer, embrollo en el que se puede vislumbrar una apuesta a varias bandas manteniendo el supuesto de un Freud traducido unitariamente. Desconociendo el trabajo de Rosenthal se reproducen, total o parcialmente sus traducciones, sin que se reconozca nada de la historia previa. En esta edición en nueve tomos se restituyó el “Prólogo” realizado por Ortega y Gasset publicado en 1922, justicia que no fue sólo histórica, dado que fue Ortega y Gasset quien le propuso a José Ruíz-Castillo que su naciente y pequeña editorial Biblioteca Nueva se ocupara de la traducción de Freud. Además de ser pionera como edición para la difusión del psicoanálisis, el resultado de la propuesta de Ortega y Gasset fue lucrativo y efectivamente propició el reconocimiento internacional como editorial.
Cabe la hipótesis de que Biblioteca Nueva retomó las viejas prácticas de expoliación típicas del Reino de España, cuestión que a la larga no tuvo buenas consecuencias. Según se cuenta, a posteriori Biblioteca Nueva sufrió algunos traspiés económicos, y luego de haber pasado por otras manos desde su origen familiar, terminó siendo comprada por Malpaso, una sociedad mexicana de dudoso sustento financiero que no mucho después dio quiebra. Si el bien el ardid de borrar el trabajo de Rosenthal parece haber sido efectivo, en la medida en que Rosenthal es bastante olvidado, el público se decantó por la versión de Etcheverry, y Biblioteca Nueva, la primera editorial en traducir a Freud con la atribución de la traducción al españolísimo Luis López-Ballesteros y de Torres, simplemente quedó en un lejano segundo plano. Sería del caso analizar más en detalle los avatares de la exclusión del nombre de Rosenthal, una tarea que primero debería aplicarse a constituir los archivos para una investigación metódica y exhaustiva.
Cuando psicoanálisis cambió de sexo
En Buenos Aires, más de treinta años después de la primera traducción al español de Freud, en 1954, para la editorial Santiago Rueda, Ludovico Rosenthal realizó una revisión de los tomos XVIII y XIX de su traducción anterior y completó lo que faltaba de las obras. En su “Prólogo del traductor” al tomo XVIII señaló que su elaboración abundaba en “neologismos estilísticamente objetables, pero sólo impugnables por quien ofrezca un neologismo más preciso o etimológicamente más correcto”. Tal es así que es posible leer de su invención “libidinal”, “yoico”, “superyoico”, “éllico”, “desiderativo”, también “invenciones terminológicas” como “catexia”, “beneficio epinósico y paranósico” y “anaclisis” (en Freud, 1954, p. 10), todo en función de transmitir lo que su autor habría escrito originalmente en lengua alemana. Estos movimientos sin duda que marcan una preocupación por el público en el sentido conceptual y no desde el punto de vista comercial. Además de los neologismos y otras invenciones, Rosenthal elaboró un aparato crítico cuyas referencias “en los márgenes de las páginas de este tomo y de los siguientes halle el lector una serie de índices correlativos que remiten a otras tantas notas de dicho volumen complementario”. En ese volumen complementario, el tomo XXII, se incluía además un diccionario de psicoanálisis (en Freud, 1954, p. 8). Sin embargo, en posteriores ediciones, por lo menos desde 1958, cuando ya se trataba de una edición ordenada cronológicamente, tanto el aparato crítico como el diccionario desaparecieron y fueron sustituidos por la correspondencia de Freud a Fliess.
Un cambio esencial y sin duda de los más resaltables introducido por Rosenthal, seguramente será el más imperceptible para los lectores de nuestro tiempo:
Por último, si bien Luis López-Ballesteros, con el aval de José Ortega y Gasset, considera femenino el psicoanálisis, apoyándose en la ambigüedad académica que postula el diccionario de la lengua, he preferido seguir democráticamente la masculinidad impuesta por el uso cotidiano (en Freud, 1954, p. 10).
De este cambio de sexo aún hoy queda esa huella de “la psicoanálisis” en el “Prólogo” de José Ortega y Gasset, aunque muy probablemente los lectores interesados en Freud lo pasen por alto. Lo que sí es seguro es que para López-Ballesteros y de Torres en Biblioteca Nueva, siempre se trató de “la psicoanálisis”. A pesar de este cambio introducido por Rosenthal, como el diablo nunca deja de meter su cola, en el mismo tomo XVIII, donde apareció por primera vez este anuncio del cambio de sexo, en la solapa de la contratapa, donde se establece el ordenamiento y los títulos de los distintos tomos, siguió presente “la psicoanálisis”. Es así que se lee que el Tomo IV se titula Introducción a la psicoanálisis; que los tomos XV y XVI son Historias clínicas de la psicoanálisis; y aunque el Tomo XII se tituló El análisis profano, en el subtítulo insiste el femenino,(El múltiple interés de la psicoanálisis…), cuestión que se corrige en el Tomo XXI, Esquema del psicoanálisis y otras obras inéditas y el XXII Sobre los orígenes del psicoanálisis (Cartas, Prólogos, Notas conmemorativas, Vocabulario del psicoanálisis). En la lengua española, donde es tan pregnante el género, un cambio de este tipo merece ser señalado.

Tapa y solapa, edición de Santiago Rueda 1954
De siniestro a ominoso o de Guatemala a Guatepeor
Precisamente en el tomo XVIII de las obras completas publicadas por Santiago Rueda en 1954, bajo el título de Psicoanálisis aplicado. Ensayos sobre la aplicación del psicoanálisis, en un ordenamiento bastante a modo, con artículos que van desde el año 1906 a 1933, apareció una versión revisada de la primera traducción al español de “Das Unheimliche” hecha Rosenthal en 1943. Allí Freud escribió, traducción mediante, que su objetivo consistía en que:
Sin embargo, podemos abrigar la esperanza de que el empleo de un término especial –unheimlich– para denotar determinado concepto, será justificado por el hallazgo en él de un núcleo particular. En suma: quisiéramos saber cuál es ese núcleo, ese sentido esencial y propio que permite discernir, en lo angustioso, algo que además es “siniestro”. (Freud, 1954, p. 153)
Aunque en la primera parte del artículo, más etimológica y de diccionario, en la traducción de Rosenthal la presencia de los términos alemanes Unheimliche, unheimlich y Heimlich, etc. es profusa, la opción de traducir unheimlich como siniestro y heimlich como familiar es consistente en todo el artículo. A pesar de haber señalado la posibilidad de introducir neologismos, Rosenthal resolvió utilizar el término siniestro sin tener en cuenta que el propio Freud lo señaló como fallido. Es que su sentido es funesto, infeliz, desgraciado, y el origen del término especifica que proviene de una creencia popular, porque para los antiguos griegos era de mal agüero que alguien, caminando, viera que aparecer el vuelo de aves por su lado izquierdo. Una consecuencia lógica de esa traducción fue que, en la medida en que Biblioteca Nueva recurrió al ardid de apropiarse de la traducción de Rosenthal, también propagó lo siniestro.
Etcheverry tradujo la misma frase de Freud que citamos antes del siguiente modo:
Pero es lícito esperar que una palabra-concepto particular contenga un núcleo que justifique su empleo. Uno quisiera conocer ese núcleo, que acaso permita diferenciar algo ‘ominoso’ dentro de lo angustioso.” (Freud, 1994, p. 219).
Con este fragmento el lector tiene oportunidad de comparar la “gracia” y el “rigor”, juzgando de acuerdo a cómo considere que está mejor planteada la pregunta por la particularidad. Pero también podrá reconocer que tampoco ominoso es una buena opción, dado que tiene el sentido de lo abominable o muy malo, algo que merece violenta reprobación y su etimología deriva de presagio. Ambos, siniestro y ominoso, son términos que tienen un carácter negativo y predictivo, a diferencia de lo que Freud analiza en el artículo, porque el término alemán en cuestión tiene un sentido bastante más difuso y se orienta al pasado, a lo íntimo o familiar. ¿Hasta dónde Etcheverry quedó determinado por la opción de Rosenthal de modo que simplemente cambió siniestro por ominoso? Esa sustitución bien pudo haber sido forzada, porque en Buenos Aires, hacia fines de los años 60, Libero Badii, un artista plástico de origen italiano nacionalizado argentino, practicó un estilo artístico al que llamó arte siniestro. Volveremos a esto más adelante, pero aquí se muestra la importancia de ubicar históricamente las producciones, sean las traducciones o la propia escritura de un texto, además de que la nominación “obras completas” puede hacer que esas particularidades se pierdan.
Ernst Jentsch
Uno de los aciertos de la edición de Klimkiewicz fue acompañarla con la traducción del artículo de Ernst Jentsch de 1906, “Sobre la psicología de lo Unheimlichen”, explícitamente referido por Freud. Jentsch, un psiquiatra alemán diez años más joven que Freud, que también escribió sobre el humor y la música, publicó este texto de 1906 en una revista de psiquiatría y neurología. Partió del lenguaje en sí mismo, objetando que se lo tome como un “poderoso psicólogo”, por más que cada lengua ofrece expresiones o conceptos psicológicamente correctos, o que las palabras señalen algo que sea notable a observar. Sin embargo, para Jentsch:
Con la palabra “unheimlich” nuestra lengua alemana ahora parece haber generado una creación bastante afortunada. Parece, indudablemente, que con ella se tiene que expresar que a quien le ocurre algo un poco “Unheimlich”, en cierta oportunidad, no está justamente “en casa” o “como en casa”, puesto que la cosa le resulta extraña o al menos así lo parece. (en Freud, 2014, p. 207-208)
Además de estas consideraciones sobre el lenguaje, en contra de llegar a “definir la esencia de lo unheimlichen”, Jentsch sostuvo que intentar hacerlo tendría un valor muy limitado porque:
[…] no todo el mundo experimenta [frente a] la misma impresión un efecto unheimlich; además, en el mismo individuo, una y la misma percepción no tiene por qué resultar unheimlich siempre, o al menos, siempre de manera semejante. (en Freud, 2014, p. 208)
Aquí aparece una distinción absolutamente notable, muy afín con el psicoanálisis, se trata siempre de cada caso, cada situación en particular. Aún con las posibles contradicciones y pérdidas del rumbo, Jentsch da las bases que le permiten a Freud hacer sus elaboraciones al plantear la importancia de la lengua, la cuestión de los autómatas y la referencia a E.T.A. Hoffmann. No pasa desapercibido que las observaciones de Jentsch basculan desde la cuestión clínica en la que importa cada caso o situación y una psicología que gira en torno al término misoneísmo, el rechazo de lo diferente, a partir de lo cual lo que se percibe es aceptable o no. Pero en la polarización entre lo conocido y lo novedoso, marcada por lo familiar y lo extraño, para Jentsch no se puede encontrar otra base más que un atributo: “hay hombres para los que nada es unheimlich, entonces se trataría de psiquis en las que faltan tales condiciones fundamentales.” Se explicita aquí claramente una tensión entre la situación y el sujeto, y en tanto se plantean las situaciones como realidad, en algunas psiquis faltaría el reconocimiento de esa realidad. A pesar de haber postulado que el fenómeno no les pasa a todos, ni tampoco a los que les sucede les ocurre siempre ni del mismo modo, esta reducción psicológica hace que se pierda la posibilidad de otras lecturas. En sí, Jentsch termina distribuyendo el misoneísmo partiendo de que los animales se espantan por lo no conocido como un espantapájaros; a los niños les genera miedo o angustia lo distinto; a los adultos les produce perplejidad o miedo aquello que no interpretan como su realidad, y, en el límite entre lo patológico y lo normal, ubicó a los borrachos, los delirantes, los extasiados y los supersticiosos que son tomados por alucinaciones. A partir de su fenomenología Jentsch buscó poner un orden con la atribución de categorías, con lo que se muestra claramente su diferencia con la práctica analítica donde importa el efecto en lo singular, en cada caso y no lo evolutivo ni las clasificaciones.
Los malentendidos del psicoanálisis aplicado
Parecerá objetable que Rosenthal haya titulado Psicoanálisis aplicado al tomo XVIII de las Obras Completas, sin embargo, ¿no será la forma más adecuada de nombrar muchos de los efectos que el artículo de 1919 ha tenido a partir de los usos que se han hecho del mismo? A partir de 1919, la lectura de Hoffmann ha quedado asociada a Freud. La trayectoria de Hoffman fue bastante heterogénea y prolífica. Nacido en 1776, estudió Derecho y lo practicó profesionalmente al mismo tiempo que, con variados resultados, también fue crítico musical, director de orquesta y compositor, además de dibujar y pintar y escribir. En 1822, a los cuarenta y dos años enferma y muere, con más pena que gloria. Según un estudio de Ana Pérez, hasta Freud, Hoffmann era un escritor casi olvidado por no decir desprestigiado en Alemania. “El hombre de la arena” fue publicado en 1817, y un crítico literario en 1827, Walter Scott, calificó los relatos de Hoffmann como “sueños febriles de un enfermo mental”, un juicio del que se hizo eco Goethe (Pérez en Hoffman, 2007, p. 59).
Sin embargo, desde los años 1830 Hoffmann fue reconocido en Francia y su obra abrió caminos para autores como Gérard de Nerval, Honoré de Balzac o Prosper Mérimée entre otros. Justamente un ensayo de Charles Nodier de 1830 sobre Hoffmann dio lugar a la expresión conte fantastique (cuento fantástico), por lo que se lo considera el fundador de la literatura fantástica. Aunque puede ser catalogado como un género literario específico, es interesante constar que, en alemán, la expresión “cuento fantástico” se ha traducido como Schauergeschischte (relato de terror) o Gespentergeschichte (relato de fantasmas) (Pérez en Hoffmann, 2007, p. 30), confirmando las dificultades en la traducción, además de hacer manifiesta la tendencia de clasificar por géneros en el campo de la crítica literaria. Una definición de cuento fantástico sería la intrusión de lo misterioso o inexplicable en la realidad de la ficción, algo que tenía sus antecedentes en el romanticismo alemán, donde Novalis ya había planteado que en la escritura se trataba de hacer extraño lo cotidiano. Tzvetan Todorov, una de las referencias críticas para la literatura fantástica, estableció como punto de partida lo que sucede cuando en nuestro mundo no hay forma de explicar ciertos acontecimientos:
El que percibe el acontecimiento debe optar por una de las dos soluciones: o bien se trata de una ilusión de los sentidos, de un producto de imaginación, y las leyes del mundo siguen siendo lo que son, o bien el acontecimiento se produjo realmente, es parte integrante de la realidad, y entonces esta realidad está regida por leyes que desconocemos. O bien el diablo es una ilusión, un ser imaginario, o bien existe realmente, como los demás seres, con la diferencia de que rara vez se lo encuentra.
Lo fantástico ocupa el tiempo de esta incertidumbre. En cuanto se elige una de las dos respuestas, se deja el terreno de lo fantástico para entrar en un género vecino: lo extraño o lo maravilloso. Lo fantástico es la vacilación experimentada por un ser que no conoce más que las leyes naturales, frente a un acontecimiento aparentemente sobrenatural. (Todorov, 1982, pp. 18-19)
Conviene retener la expresión “el tiempo de esta incertidumbre”, como también resulta de interés identificar el modo en que Todorov recurre a Freud:
Según Freud, el sentimiento de lo extraño (das Unheimliche) se relacionaría con la aparición de una imagen originada en la infancia del individuo o de la raza (esto sería una hipótesis que queda por verificar, pues no hay una coincidencia perfecta entre ese empleo del término y el nuestro). La pura literatura de horror pertenece a lo extraño. (Todorov, 1984, p. 35)
Si bien es cierto que Freud dedicó gran parte de su artículo al cuento de Hoffmann, los análisis de las obras literarias o de arte en el campo freudiano generan la dificultad de tasarlos en su justo valor. Algunos, en la crítica literaria han supuesto que Hoffmann, vía Freud, produjo un género literario, y una de las consecuencias de esto es que se ha producido algo controversial. Por un lado, utilizan a Freud para sostener sus clasificaciones, mientras que por otro, cuestionan sus formulaciones teóricas por reduccionistas. Se deja de lado que el ejercicio de lectura que hizo Freud con Hoffmann tenía una función ilustrativa para su teoría, o como lo plantea Roberto Marín Villalobos, Freud realizó una adaptación de “El hombre de la arena” al dar su versión (R. Marín Villalobos, 2020), y más allá del valor que eso pudo tener o no para amplificar las elaboraciones teóricas del psicoanálisis, no va de suyo que devengan etiquetas para clasificar en el campo de la crítica. Aunque no cabe en estas páginas desentrañar los motivos de esa tendencia clasificatoria en la crítica literaria, conviene tener presente que el método, el objeto y el campo del análisis es muy otro que el de ese tipo de crítica. De todos modos, algunas puntualizaciones de Mark Fisher de su soberbio libro Lo raro y lo espeluznante, pueden ser orientadoras. Por un lado fue muy crítico, y con razón, con Freud:
Freud da al enigma de lo unheimlich -su afirmación de que se puede reducir al complejo de castración- es tan decepcionante como cualquier desenlace manido de una historia de detectives de pacotilla.
De hecho el artículo de Freud merecería ser analizado críticamente:
Lo unheimlich suele identificar con lo raro y Io espeluznante; el propio ensayo de Freud emplea estos términos de manera intercambiable. Sin embargo, la influencia del gran ensayo de Freud ha provocado que lo unheimlich le haga sombra a los otros dos modos. (Fisher, 2018, p. 10)
Desde estas críticas señaló lo que era esencial en Freud:
Quizá la diferencia más importante entre, por un lado, lo unheimlich y, por el otro, lo raro y lo espeluznante sea su manera de lidiar con Io extraño. Lo unheimlich freudiano se relaciona con lo extraño dentro de lo familiar, lo extrañamente familiar, lo familiar como extraño: la manera en la que el mundo doméstico no coincide consigo mismo. (Fisher, 2018, p. 11)
Que aparezca lo extraño en lo doméstico, “no sentirse como en casa”, no apunta a una cuestión de géneros literarios o cuestiones artísticas, sino a lo que afecta a alguien en particular. Estas confusiones de lectura a partir de las traducciones de Freud han sido muy frecuentes, ya hemos señalado la aparición hacia 1960 en Buenos Aires del arte siniestro de Badii. Para este artista lo siniestro refería al porvenir y, usando como referencia a Freud, postuló que lo siniestro resultaba opuesto a lo apolíneo, de tal modo que sus obras buscaban explícitamente perturbar a los espectadores aparentemente inclinados a las formas bellas (Badii, 1979, pp. 19-20). Aplicar el psicoanálisis de este modo en las artes plásticas evidentemente es un gran equívoco.

“Autorretrato siniestro”, Libero Badii, 1978. “El beso”, Libero Badii, 1970.
Al conmemorarse los cien años de la publicación del artículo de Freud, en el 2019, cinco museos en distintas ciudades, Londres, San José de Costa Rica, Ciudad de México, París y Buenos Aires, expusieron obras plásticas que muestran una museificación de Freud (Véase Assandri & Maldonado, 2020). Respecto a lo “siniestro”, las exposiciones de Londres, donde el Freud Museum realizó una exposición titulada The Uncanny, centrada en el centenario del artículo de Freud, y la que se llevó adelante en San José de Costa Rica en el Museo de Arte Costarricense bajo el título de Lapsus Sinister, son las más resaltables. En ellas se expusieron obras explícitamente escogidas y vinculadas al artículo de Freud. Y la más sorprendente de estas exposiciones fue Lapsus Sinister, porque, sin que hubiera previamente ninguna coordinación, al mismo tiempo de la exposición, en la Universidad de Costa Rica, se llevaron a cabo las jornadas Figuras de lo Unheimlich organizadas por Karen Poe y Ginnette Barrantes (Véase AA.VV. 2020). El sesgo de las obras plásticas hace más claros aquí los efectos de ese psicoanálisis aplicado, en tanto Freud es un elemento para la crítica artística y también una inspiración para la realización de otras obras plásticas. Ciertamente este recurso se apoya en el valor que el psicoanálisis tiene en la cultura sin pasar por el tamiz de la crítica, por lo que en general supone una concepción del psicoanálisis bastante trivial.

Imágenes de la exposición en el Freud Museum, 2019 (Muñeca de Hans Bellmer y máscara mortuoria de Sergei Pankejeff).

Museo de Arte Costarricense, exposición 2019.
Volver a traducir
Si hemos señalado la importancia de los contextos, teniendo en cuenta que las diferencias de tiempo generan distintas traducciones, corresponde tomarlas no sólo como una cuestión de acierto o error. Estas palabras de Grubrich-Simitis resultan orientadoras:
[…] las discusiones sobre la traducción más adecuada posible de los conceptos freudianos han llevado en algunos casos a una comprensión más profunda de áreas completas de su teoría. (Grubrich-Simitis, 2003, p. 25)
Esto consuena con los planteos de Antoine Berman, para quien la traducción, en el pasaje de un texto por una lengua extranjera, se lo somete a una prueba. A lo que se puede agregar a Barbara Cassin, quien proyectó y realizó un diccionario de intraducibles, y expresó con una formulación lacaniana la problemática de la traducción al afirmar que un texto “no cesa de (no) traducirse”. Aunque para algunos pasen desapercibidas las distintas traducciones, su valor está en volver a darle una perspectiva histórica a un texto al tiempo que se pone a la teoría bajo la mirada crítica. Más que una querella de nombres, la discusión sobre la manera más ajustada de traducir algún concepto de Freud, debiera generar una perspectiva enriquecedora.
La versión de Klimkiewicz como una nueva mirada que parte de los manuscritos con el agregado de comentarios, notas críticas y la traducción del artículo de Jentsch, está en esa línea. En este caso, además, al recurrir al manuscrito, implicó poner en cuestión todas las versiones publicadas como obras completas, incluso en alemán. Esto puso sobre el tapete que, algunos elementos que figuraban en el primer apartado del manuscrito, no habrían pasado a la publicación y por lo tanto, tampoco aparecieron en ninguna traducción. En vez de publicarse lo que estaría indicado respecto al término unheimlich en los diccionarios de la lengua alemana de Sanders y de los hermanos Jacob y Wilhelm Grimm, Klimkiewicz consigna que “el editor copia y omite algunas frases, tal vez fruto de su distracción o de la voluntad” (en Freud, 2014, p. 14). Para quienes no somos hablantes del alemán sin duda que la amplificación de las posibles significaciones del término alemán resulta enriquecedora, pero la distinción entre el editor y Freud merece ser considerada más a fondo.
La primera publicación del texto se realizó en Imago 5-6, una revista que tenía por finalidad publicar artículos relacionados con la antropología, la filosofía, la literatura, la religión y la lingüística, vale decir que su objetivo era de difusión del psicoanálisis con un horizonte cultural. Partir del manuscrito toca también la cuestión de responsabilidad de los editores, asunto clave para Freud quien declaró que “sin editorial seríamos impotentes”. La revista Imago había estado bajo la responsabilidad editorial de Hugo Heller, con quien Freud se sentía insatisfecho desde hacía bastante tiempo. La solución fue desarrollar una editorial propia, la Internatiolater Psychoanalytischer Verlag, la que editó la revista Imago donde apareció por primera vez el artículo (véase Grubricht-Simitis, 2003, pp. 48-53). La dirección de Imago entonces estaba a cargo del propio Freud, y la edición la realizaban Hanns Sachs y Otto Rank. En ese sentido, cabe la posibilidad de que ellos mismos consideraran que no era necesario publicar completas las entradas de los diccionarios, sobre todo, para lectores alemanes de cierta cultura.

Revista Imago número V, 1919.
Quienes se hayan dedicado al estudio en detalle del asunto que planteó Freud en su artículo compartirá que, en español, para nada son adecuados los términos ominoso o siniestro. Frente a esto, Klimkiewicz decidió mantener el término alemán unheimlich porque tampoco le parecía pertinente fabricar un neologismo, sosteniendo que un término nuevo generaría confusión. Incorporar un término alemán en la lengua española fue su apuesta, y como con toda apuesta el resultado nunca es seguro. Este movimiento de Klimkiewicz toma en cuenta que el uso de los términos siniestro y ominoso falsean el texto de Freud, y una nueva nominación permitiría restituir el sentido de su escrito. Aun aceptando que esa presencia un término extranjero con el paso del tiempo se aclimate a la lengua, utilizarla no dejará de generar tropiezos en los juegos de lenguaje, porque en cada lengua los términos se someten a la lógica de cada lengua, y el uso de los términos en alemán tienen sus propias declinaciones en su lengua. La objeción a inventar un neologismo no evita el riesgo de la confusión, en cualquier caso, el término alemán es un intraducible, las dos opciones, mantener el término en alemán o inventar un neologismo, no eliminarán las versiones que ya circulan, simplemente se agregan posibilidades.
Partiendo de la base de que las tres traducciones del texto de Freud fueron hechas en Argentina, conviene recoger algunos de sus efectos en ese mismo país y en nuestro tiempo. Mariana Enríquez, en Archipiélago, escribió: “con una gran introducción al relato de terror que incluye variaciones sobre lo siniestro de Freud” (Enríquez, 2025, p. 233). Mariana Tello Wais, en su libro Fantasmas de la dictadura. Una etnografía sobre apariciones, espectro y almas en pena, escribió “al menos una marginación de los aspectos siniestros (Freud, 1992) del terror de Estado de las narrativas” (Tello, 2025, p. 39). ¿Por qué recurrir a Freud cuando se trata de la literatura de terror o los efectos de una dictadura militar? Se dirá que ambas autoras están fuera del campo freudiano, que su manejo del psicoanálisis no tendría por qué ser tan preciso. Pero no deja de generar cierto malestar esa adjudicación tan simple a Freud, porque de hecho se trata de un síntoma de malas traducciones. La explicación de esto puede ser simple, porque muchos lectores no entran al tema a partir del psicoanálisis sino con preguntas sobre lo siniestro, y allí encuentran a Freud. Una forma de demostrar que nada tenía que ver lo que planteaba Freud con la literatura de terror ni el terrorismo de estado, es leer el texto de Theodor Reik El terror. Pero, difícilmente pueda detenerse esta siniestra circulación de una traducción fallida, y será imposible sacarle a Freud ese lastre que Rosenthal le colgó al cuello. Lo que resta es ahondar en el texto y en lo que irradia cada una de las opciones de traducción. A partir de que el psicoanálisis se ha popularizado y simplificado, se pasa de largo el hecho de que, a pesar de que analizó en varios relatos de ficción, Freud fue bastante explícito al establecer una distinción entre la vida y la ficción:
[…] mucho de lo que sería siniestro en la vida real no lo es en la poesía; además la ficción dispone de muchos medios para provocar efectos siniestros que no ocurren en la vida real. (Freud, 1954, p. 183)
[…] es que muchas cosas que no son unheimlich en la poesía serían unheimlich en la vida real, y en la poesía existen muchas posibilidades de lograr un efecto unheimlich que están ausentes en la vida real. (Freud, 2014, p. 151)
A modo de ejemplo, una mano cortada en un relato de ficción puede tener hasta un efecto cómico, cosa que difícilmente sucedería si pasa en lo que lo llamamos realidad. Podríamos agregar aquí el comentario de Todorov respecto a la importancia de “el tiempo de esta incertidumbre”, algo que tendrá distintos registros en lo poético de acuerdo a la elaboración de un texto, pero que en lo vivencial será esencial, intransferible e indeterminable. De todos modos, la definición que Freud postuló con dos formulaciones es muy clara. Según Rosenthal:
[…] es preciso que entre las formas de lo angustioso exista un grupo en el cual se pueda reconocer que esto, lo angustioso, es algo reprimido que retorna.
[…] lo siniestro, no sería realmente nada nuevo, sino más bien algo familiar a la vida psíquica y que solo se tornó extraño mediante el proceso de su represión. (Freud, 1954, pp. 174-75).
O, según la versión de Walther y Klimkiewicz:
[…] así tiene que existir entre los casos de lo angustioso un grupo en el que se puede mostrar que eso angustioso es algo reprimido que retorna nuevamente.
[…] esto Unheimliche en verdad no es algo nuevo o ajeno, sino algo familiar desde siempre en la vida anímica, que solo se hizo ajeno a ella por el proceso de represión. (Freud, 2014, p. 115)
Estas dos formulaciones amplifican la frase de Schelling que Freud cita, y que Klimkiewicz recuperó completando la frase ya que Sander en su diccionario la citó parcialmente: “‘unheimlich’ significa que todo aquello que debiendo permanecer en el secreto, en lo oculto, en estado latente, no obstante, ha salido a la luz.” (en Freud, 2014, p. 189, el énfasis marca lo que no aparece en el texto de Freud). Una de las formas de parafrasear esta frase, por ejemplo en Jentsch, ha sido “no sentirse como en casa”, justamente con la invocación al sentimiento de familiaridad esperado que queda en suspenso a partir de una afectación de la que no se sabe exactamente qué es ni por qué. Se podría decir que el trabajo de edición de Klimkiewicz busca que lo que dijo Freud se sitúe nuevamente en Freud, alejándolo de los extravíos que provocaron las traducciones erráticas. Entonces, ni siniestro ni ominoso, la palabra alemana unheimlich le resultó la más adecuada. En línea con ese esfuerzo de acentuar lo que debiera ser lo propio de Freud, recurrió a formular un “lenguaje freudiano”, que a nuestro entender es la lengua alemana, y a nombrar a Freud “padre del psicoanálisis” estableciendo un linaje, por lo menos, discutible. Sin embargo, el término en alemán genera varias dificultades, porque se trata de un término extranjero incrustado en la lengua española y lo aleja de los posibles efectos en lalengua, ese neologismo clave que en su momento planteó Lacan. Esfuerzo necesario, sin duda, restituir el sentido de eso que exploró Freud, aunque tal vez se puedan explorar otras vías.
Aunque Freud no cita el artículo de 1919 en Más allá del principio del placer, lo escribió entre las varias versiones de aquel texto. De hecho, lo que allí estaba explorando, generaba el impacto de reconocer que no necesariamente el placer determina los actos. Había algo que se producía en su clínica, que reconocía en esos tiempos, que implicaba otro registro que el del conocimiento y la conciencia, otra cosa que la voluntad y el dominio. Retomemos el planteo de Freud desde la primera página de su texto según las distintas traducciones y en orden cronológico:
Santiago Rueda: Sin embargo, podemos abrigar la esperanza de que el empleo de un término especial –unheimlich– para denotar determinado concepto, será justificado por el hallazgo en él de un núcleo particular. En suma: quisiéramos saber cuál es ese núcleo, ese sentido esencial y propio que permite discernir, en lo angustioso, algo que además es “siniestro”. (Freud, 1954, p. 153)
Biblioteca Nueva: Sin embargo, podemos abrigar la esperanza de que el empleo de un término especial –unheimlich– para denotar determinado concepto, será justificado porel hallazgo en él de un núcleo particular. En suma: quisiéramos saber cuál es ese núcleo, ese sentido esencial y propio que permite discernir, en lo angustioso, algo que además es “siniestro”. (Freud, 1974, p. 2083)
Amorrortu Editores: Pero es lícito esperar que una palabra-concepto particular contenga un núcleo que justifique su empleo. Uno quisiera conocer ese núcleo, que acaso permita diferenciar algo “ominoso” dentro de lo angustioso. (Freud, 1994, p. 219)
Mármol-Izquierdo: Pero es lícito esperar que haya un núcleo particular, que justifique el uso de un término específico. Se quiere averiguar cuál es ese núcleo común que permite por ejemplo, diferenciar algo “Unheimliches” dentro de lo angustioso. (Freud, 2014, p. 41)
Este punto de partida, averiguar el núcleo común que se asocie con un término específico, es la dificultad que se encuentra en la lengua española, porque no hay tal término específico. Esto sucede no sólo en lengua española, sino también en la inglesa y en la francesa, por lo menos. De la cantidad incierta de artículos que han retomado el texto de Freud en lengua española en el campo freudiano, escogemos un par de ellos para hacer otro recorrido sobre este asunto. Estos artículos tienen en común abordar textos literarios en relación a la cuestión del doble y los autómatas, y por ese camino llegan al artículo de Freud. Para Hélyda Peretti fue “El horla” de Guy de Maupassant; Bruno Cancio lo hizo con “Las hortensias” de Felisberto Hernández y Los elixires del diablo de Hoffman. Comenzando por este último, si bien Cancio titula su texto “Dos eróticas ominosas. Sobre dobles, alienaciones y lo perturbador del deseo”, en vez de restringirse a utilizar ominoso y sus variantes, por momentos recurre a “rareza”, a “inquietante extrañeza” y a “siniestro”, con lo que esta dispersión significante muestra la falla del término “ominoso” en la lengua española, a pesar de haber optado por él.
En el artículo de Peretti, “Esa extrañeza inquietante”, la autora plantea directamente la problemática de la traducción de Unheimlich, pasando por las dos opciones en español para terminar recurriendo a una doble traducción, vale decir, a partir de la traducción del término alemán al francés, inquiétant étrangeté, utiliza la expresión traducida al español para así tener, con la “extrañeza inquietante”, una gama más amplia de significaciones. En esta opción, frecuente en los lectores de Lacan, el recurso al francés parece saltearse el problema en la lengua española. Pero Peretti, en su exploración de la traducción, dicho al pasar, afirmó que “Unheimlich sería lo in-familiar” (Peretti, 2004, p. 120). Importa detenerse en esta ocurrencia porque el prefijo “in” tiene sus particularidades en la lengua española. “In”, a veces transformado en “im”, puede significar la negación o privación (inacción, inútil, imposible), o puede expresar adentro o interior (incluir, ingerir, insertar), por lo que sería una buena forma de acercase a ese doblez en la significación en la lengua alemana. El uso de este “in” de “infamiliar” es compartido con in-consciente, por lo que también consuena con lo que señaló Freud en su artículo: “El prefijo negativo “un-” (“in-”) antepuesto a esta palabra [Heimische, casa] es, en cambio, el signo de la represión.” (Freud, 1954, p. 179). Si siguiéramos aquella consigna de Freud de seguir a los poetas, podríamos tomar como otra pista la ocurrencia de Silvio Mattoni, poeta, que en la traducción de Schreber teólogo. La injerencia divina II de Jean Allouch, precisamente utilizó esa palabra “infamiliares” (Allouch, 2014, p. 12).
Tal vez si Rosenthal hubiera tenido esa ocurrencia en la primera traducción al español, el neologismo infamiliar hubiera evitado varios malentendidos, pero un condicional contrafáctico no produce nada, de hecho, no tuvo tal ocurrencia de traducción. Esto no obsta que no haya otras posibilidades sin recurrir a un término en alemán, que entre otras cosas, para muchos resulta un signo de erudición que les molesta y se aleja del lenguaje compartido. En la misma línea de poner en cuestión las siniestras ominosidades que se le atribuyen a Freud, sin descartar el neologismo infamiliar, también es factible recurrir a una figura retórica como el oxímoron, cuya característica esencial es reunir dos términos opuestos para generar otras significaciones que no tiene ninguno de los dos términos. Hace unos años, posiblemente influido por la traducción francesa de Unheimlich, propuse “inquietante familiaridad”. Durante el año 2024, en La Factoría, visitamos la obra de Mario Levrero con esa figura. No sabía en ese entonces que, en el 2011, en Francia, Éditions Payot había publicado una nueva traducción del alemán realizada por Olivier Manonni con el título de L’inquiétant familier (L’inquiétant étrangeté). Por otra vía, gracias a Florencia Rigaud, supe de otra traducción a partir de una carta de Freud, “familiaridad inquietante”, (Freud, 1968, p. 358 citado en Cifre Wibrow, 2016, p.149). En dos tiempos, haber tenido esa ocurrencia en lengua española me produjo esa satisfacción que genera creer que se está produciendo algo nuevo, mientras que, en un segundo tiempo, ya conocida la nueva versión francesa y otra en lengua española, tuve cierta tranquilidad dado que no solo a mí se me había ocurrido algo que simplemente podía ser ignorado o rechazado. De hecho, la mayor parte de las veces que utilicé la expresión inquietante familiaridad públicamente, fui cuestionado por componer un oxímoron con el término familiar, palabra que les resultó molesta a algunos. Más allá de que esta crítica demuestra un olvido del texto de Freud, no solo a cuenta de las malas traducciones, si familiar perturba, ¿acaso eso no sería una prueba de lo acertado de la propuesta?
Extrañeza familiar
Este año, 2026, entre de marzo a agosto, el Museo de Arte Contemporáneo de Buenos Aires, albergó la muestra Continente oscuro. Femineidad, disidencia y surrealismo en Argentina, curada por Leandro Martínez Depietri. En una de las placas de la exposición de lee:
Ya en la obra de las primeras artistas vinculadas a los grupos surrealistas la noción psicoanalítica de Unheimlich (lo familiar que se extraño) dio lugar no tanto yuxtaposiciones radicales o juegos lingüísticos, sino a visiones de la domesticidad y la maternidad que oscilan entre el humor y el terror, construyendo un teatro psicológico más complejo que el álbum familiar.
El arte, como tantas veces, ofrece vías. El cuadro de René Magritte de 1937, La reproducción prohibida, parece un ejemplo digno de lo infamiliar, porque además dialoga con la sorpresa de Freud al ver a un anciano en el espejo del tren en su propio vagón, según relato en su artículo de 1919. Al no ver lo que se espera ver frente a un espejo se genera un tiempo de incertidumbre, se produce un efecto de infamiliaridad, algo resta para caer en la cuenta de lo que sucede. No reconocer o no reconocerse frente a lo que un espejo muestra no se reduce a una reacción, hace falta que el espectador haga un movimiento para captar la situación. En esto, precisamente se diferencia de lo que pueda ser del orden del terror, lo raro, lo espeluznante, casos que producen una reacción de otro tipo, más bien de rechazo, justamente porque la carga no está, o está de otro modo, en lo propio del sujeto.
Si se pudiera hacer una descripción de los dos términos a los que se recurrió para traducir unheimlich del texto de Freud al español, tanto siniestro como ominoso se trata de algo que al sujeto le viene desde afuera. Entonces, ni siniestro ni ominoso, tampoco recurrir a la “extrañeza inquietante” que no es más que una tautología, porque en ninguno de esos casos se plantea la dualidad de la lengua alemana. El asunto del que se trata es que alguien no llega a reconocer como propio eso que cree que viene de afuera o del otro, o cómo algo que se consideraba ajeno o exterior resulta que también puede ser propio. Introducir otras formas de nombrar como infamiliar o inquietante familiaridad, son expresiones que dan prioridad al movimiento subjetivo más que al objeto, permiten desplazar las siniestras ominosidades que se le han atribuido a Freud. Se podría decir que lo infamiliar es un fenómeno típico del análisis, de lo que le sucede a alguien frente a eso propio en juego y que no es reconocido en lo inmediato. No avanzar el ese sentido de buscar otros modos de decir más ajustados, ¿se trata del non plus ultra que establece el artefacto Obras Completas? Introducir otras formas de nombrar, ¿descompletaría a Freud? ¿Acaso lo primero que se leyó deja una marca indeleble? ¿En lengua española hay falta de coraje dentro del campo freudiano para sostener una posición que sea diferente? Y, por último, pero más importante, ¿no afecta al ejercicio analítico cómo se dice aquello de lo que se ocupa?
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