Traducir sin garantía: lengua, archivo y forma de vida

Por Gabriel Tosto
Córdoba, Argentina

¿A quién se le es fiel cuando se traduce? ¿Al autor, al traductor, al editor, al público? La pregunta no se resuelve en un dilema moral. Organiza un campo de decisiones que no son neutras: batallas editoriales, construcción de mercados, producción de lectores. Traducir no es simplemente pasar de una lengua de partida a una lengua de llegada. Es intervenir en ese trayecto y producir efectos.

Por eso, cuando leemos en español a quien escribió en griego, latín o alemán no leemos simplemente “al autor”. Leemos también —y a veces, sobre todo— una serie de decisiones que orientan la lectura, recortan lo relevante y fijan un régimen de sentido. La traducción no transmite un texto: lo reconfigura.

El caso de Unheimliche lo muestra con nitidez. Traducido como “siniestro” u “ominoso”, el término parece designar algo exterior, amenazante. Sin embargo, su estructura —heimlich / unheimlich— indica otra cosa: lo extraño dentro de lo familiar, lo doméstico que no coincide consigo mismo. De ahí que “inquietante familiaridad” no sea una mejora estilística, sino una restitución de dirección: devuelve el fenómeno al sujeto.

La diferencia no es menor. Allí donde Freud sitúa una vacilación de lo propio, muchas traducciones instalan una alteridad exterior. El efecto es un desplazamiento: lo que era experiencia del sujeto se convierte en atributo del mundo. No se trata de un error puntual, sino de una serie coherente de desvíos. En ese sentido, la tradición traductiva puede funcionar como una malversación de archivo: no porque traicione un original puro, sino porque estabiliza lo que en el texto operaba como inestabilidad.

Esto obliga a reformular la cuestión de la fidelidad. No es que “traducir sea traicionar”. Es más incómodo: puede leerse en la lengua original sin ser fiel, y puede una traducción abrir mejor un texto. No hay garantía. Borges lo había advertido: a veces una traducción puede tener más rigor o más gracia que el original. Pero ese elogio no resuelve el problema, lo desplaza. Si no hay criterio estable de fidelidad, entonces la pregunta cambia: no “¿es fiel esta traducción?”, sino ¿qué hace esta traducción con aquello que traduce?

En el caso de Unheimliche, lo que está en juego es decisivo: si el fenómeno permanece del lado del sujeto o se desplaza hacia un objeto. Si se conserva la ambigüedad o se la clausura. Si la lengua deja operar una experiencia o la vuelve inmediatamente reconocible.

Conservar el término alemán —Unheimliche— puede evitar la fijación, pero también puede suspender el trabajo. No traduce: posterga. Traducir, cuando vale la pena hacerlo, no es evitar la pérdida, sino hacerla trabajar.

Pero el problema no se agota en la elección de una palabra. La lengua misma está atravesada por una historia. El alemán en el que escribe Freud no es neutro: es una lengua históricamente configurada, en parte, por la traducción de la Biblia por Lutero y por la sedimentación de la tradición cristiana occidental. En esa historia, particularmente en la línea de Agustín de Hipona, se consolida una cierta forma de interioridad: la verdad como algo que se busca en lo íntimo, lo oculto que puede revelarse.

No se trata de decir que Freud sea teólogo. Pero sí de advertir que el idioma en el que escribe está ya cargado de una relación entre palabra, interioridad y verdad. En ese contexto, Unheimlich no es simplemente “lo extraño”, sino aquello que, debiendo permanecer oculto, sale a la luz —no como algo exterior, sino como una torsión de lo propio.

Entonces la pregunta se afina: ¿qué ocurre con esa historia cuando traducimos?

Traducir no es solo pasar entre lenguas; es decidir qué hacer con las capas de experiencia que cada lengua transporta. Y esto no afecta únicamente al psicoanálisis. Se extiende, con otras formas, a la filosofía antigua.

Si, como sostiene Pierre Hadot, la filosofía griega es una forma de vida, entonces sus términos no son conceptos abstractos sino operadores de práctica. Traducir ἡδονή como “placer” o λόγος como “razón” no es inocuo: puede psicologizar, moralizar o racionalizar aquello que en su origen organizaba ejercicios, disposiciones, modos de habitar el mundo.

Se vuelve entonces posible formular una homología:

  • así como la traducción de Unheimliche orienta el ejercicio del análisis, 
  • la traducción de los términos griegos orienta —o desorienta— la filosofía como forma de vida. 

En ambos casos, la traducción tiende a estabilizar, a cerrar, a volver objeto lo que era práctica. Y, sin embargo, los términos originales —como las buenas traducciones— conservan algo de su ambigüedad, de su resistencia a fijarse, de su capacidad de operar.

Tal vez por eso la pregunta por la fidelidad no tenga respuesta. ¿Fidelidad a quién? ¿al autor, al texto, a la lengua, al lector? ¿a la historia que una palabra arrastra? Cada respuesta implica una toma de posición.

Queda entonces otra posibilidad, menos tranquilizadora: no buscar la fidelidad como garantía, sino sostener la traducción como práctica sin garantía.

Una práctica que no elimina la pérdida, sino que trabaja con ella. Que no fija definitivamente el sentido, sino que lo vuelve a poner en movimiento. Que no asegura la lectura, pero la hace posible. 

Porque algo no cesa de (no) traducirse. Y es en ese resto —ni plenamente propio ni completamente extraño— donde quizás comienza tanto el análisis como la filosofía.


Bibliografía

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